viernes, 27 de julio de 2012

jueves, 26 de julio de 2012

Lluvia

La tormenta ha empezado, y con mucha más fuerza de la que esperaba. Desde la ventana no se puede llegar muy lejos con la vista, y se ven las pequeñas gotas que el viento arrastra a ras de suelo, como una pequeña tormenta de arena licuada. El estrépito del agua al golpear en los cristales se hila junto a los truenos, haciendo que salir fuera sea toda una odisea para el oído, y dentro de casa, una sinfonía.

Yo, por mi parte, me resguardo bajo el tejado. Deseo con todas mis fuerzas salir, arrancarme la ropa y disfrutar de las miles pequeñas puñaladas heladas que regala la lluvia. Pero eso sólo podría hacerlo estando junto a mi otro yo. Pudiendo verme en el espejo... pero ahora, cuando miro, no veo nada. A lo sumo algún recuerdo.

Así pues, trato de sentir el calor del hogar, la otra faceta de la tormenta. Pero aún con un buen videojuego y un batido de chocolate con leche condensada no consigo sentirme bien. No me acerco ni lo más mínimamente a la sensación que busco, esa que estaba en el pequeño hueco entre el sofá y el ventanal en ese piso de la calle Guadalquivir. Qué días fueron aquellos -y parezco un anciando hablando de mi juventud- en los que aún no sabía hacia donde debía ir mi vida. Tan despreocupada, tan vacía.

Ahora toca la misma odisea de todas las noches. Ir a la cama ya, o ocuparme en cualquier cosa hasta que el agotamiento me venza. Sé que acabaré haciendo lo segundo, por mucho que desee tener la primera opción. Hay que aprovechar el tiempo, me dice alguna parte de mi cabeza. Supongo que me da miedo dejar tiempo a las cavilaciones y que estas me lleven a algún lugar brumoso, lleno de peligro y temores ocultos, dolor que sólo se puede sentir imaginándolo, pero que acaba surgiendo entre los caprichosos deseos de mi cabeza.

Voy a dejar ya que la pelea se dispute sola. Así que, señores, les deseo muy buenas noches.

viernes, 6 de julio de 2012

Apocalypse III

Paula gritó como si hubiera visto un fantasma, sin apartar los ojos de Lorena y su mano mordida. Lena, siempre práctica, le cruzó la cara de una bofetada.
-Cierra la puta boca antes de que vengan más.
-Ella no es una devoradora... - masculló la chica, pero Lykaios no le dio opción a decir más. Lorena seguía gritando y lanzándose contra la puerta enrejada, suplicando ayuda, y todos sabían que aquello únicamente conseguiría atraer a más zombies.
La mirada de Lykaios era tan fría que podría helar a cualquiera.
-Llama a las cosas por su nombre. Es un zombie, y lo único que va a hacer es atraer a más - apuntó a la chica con el fusil -. Lárgate. Ahora.
-¡Por favor! - chilló la chica, desesperada, pero lo único que consiguió fue que Lena alzase también su ballesta, apuntándole a la cabeza.
-Vete.
Paula lloraba y gimoteaba, con la mano derecha apretada contra la mejilla enrojecida, sin apartar la vista de Lorena y los chicos que la apuntaban con sus armas, fríos, impasibles. Ninguno dejaba entrever ninguna emoción en sus rostros, salvo quizá Lena, cuya boca se tensaba poco a poco en una mueca de rabia. De repente, apretó el gatillo de su ballesta, y una saeta pasó tan cerca del cráneo de Lorena que le revolvió el pelo.
Paula no sabría decir si Lena había fallado, o era allí a donde apuntaba.
Lorena se alejó tambaleante. Sus movimientos extrañamente entumecidos, sonámbulos, y el color intensamente rojo de sus mejillas indicaban que la fiebre y el virus habían comenzado a hacer estragos. Los científicos establecían cuatro etapas en el desarrollo de la enfermedad zombie, y en teoría, no se podía matar a un zombie hasta la fase IV.
Los supervivientes que vivían en la finca eran bastante más prácticos. Desde luego, no matarían a una persona que no fuera un zombie a todos los efectos, ni siquiera aunque fuera a serlo a corto plazo; eso era cruel. Y ellos ya habían visto bastante crueldad.
La diferencia estaba en que ellos no se entretenían vigilando los síntomas que los médicos definían como "fase IV", simplemente se fijaban en si eran capaces de hablar, de entender, o no. Y si no lo eran, disparaban. Puede que se hubieran equivocado en alguna ocasión, pero, al menos, sus conciencias estaban tranquilas.
Lorena aún podía hablar, así que a ninguno de ellos se le pasó por la cabeza dispararla.
Aunque no se podía decir lo mismo de Paula, que dejaba escapar cada poco prolongados gemidos. Lena la miraba con una tremenda expresión de odio, e incluso Dan empezaba a sentirse intranquila.
-¿Qué demonios le pasa? - murmuró, nerviosa.
Orión se acercó a ella y le puso una mano en la frente con delicadeza. Se apartó de ella de un salto, con expresión de susto.
-Mierda, joder... ¡está infectada!
Todos se apartaron de la chica rubia unos pasos, cautamente. Lykaios volvió a alzar su fusil con sorprendente delicadeza. Paula los miró con desesperación; sabía que estaba virtualmente muerta, y ya había visto cómo habían tratado a Lorena. Con lágrimas en los ojos, pensó que eran unos seres despiadados, salvajes.
Ellos se miraron unos a otros. Sabían que no había alternativa, que tenía que irse, si no querían sucumbir los demás.
-¿Cómo se ha infectado? - preguntó Orión de pronto.
Paula entendió que aquella simple pregunta podía haberle salvado la vida. ¡No había estado ni siquiera cerca de los devoradores! Dan y Nilo habían estado mucho más cerca, y ellos estaban limpios. Podía ser simplemente un catarro, o las consecuencias de la insolación... ¡aquella fiebre no tenía por qué ser señal de que estaba infectada! Pero si la echaban a los caminos, acabaría muerta.
-No estoy infectada, es por la insola... - empezó a decir, pero Lena la cortó bruscamente.
-¡Putos gatos! - masculló, a la vez que cargaba su ballesta a una velocidad sorprendente. La alzó y disparó una flecha al gato pelirrojo que apenas unas horas antes había arañado a Paula.
Todos los demás entendieron al instante. Los gatos escalaban las verjas, entraban y salían a su antojo, y eran animales carroñeros. No era una opción en absoluto descartable que uno de ellos hubiera comido parte del cadáver descompuesto de un zombie. En aquel momento, todos los gatos podían estar infectados, pues todos bebían de los mismos recipientes.
-Ninguno más ha tocado a ningún gato, ¿verdad? - preguntó Dan, angustiada. Orión negó con la cabeza.
-Nos quedó bien claro desde el primer día que no son mascotas.
Todos se quedaron mirando a Paula, que paseaba la mirada de uno a otro, intranquila.
-¡Por favor! - dijo al final, igual que había hecho Lorena apenas unos minutos antes - ¡Por favor, no me dejéis, no me echéis sin más, por favor...!
Ninguno le respondió, ni siquiera la miraron. Ni siquiera Orión. Sabían que ya no podían hacer nada más por ella, y que compadecerla solo les pondría las cosas aún más difíciles. Lo único que podían hacer era echarla, y seguir adelante. Ellos tenían que sobrevivir.
-Vete - dijo Lykaios, con el mismo tono frío de antes. Lena, a su lado, asintió.
-Por favor... - susurró Paula, sin fuerzas para más. Miró a Orión, que apartó la vista de ella, como si no quisiera verla o reconocer que le había cogido algún cariño. Ninguno la miraba ya a los ojos, ni siquiera a la cara; era como si ya estuviera muerta.
Dan señaló la puerta con una mano que no temblaba.
-Tienes que irte - dijo, y en su rostro salvaje se adivinaba cierta compasión, pero también era inflexible. Estaba claro que no admitía réplica. Nilo, a su lado, asintió.
Paula no pudo decir nada, ni siquiera moverse. Tenía frío, mucho frío, allí, a pleno sol, sabiendo que su destino era convertirse en uno de aquellos repugnantes seres que se arrastraban por los campos, pútridos, devorando todo a su paso.
Era un destino peor que la muerte.

Los chicos volvieron a entrar en la nave, cubiertos de sudor frío. Todos menos Lykaios, que seguía en su puesto, montando guardia. Las guardias diurnas, por lo general, le correspondían a él, al menos uno de los turnos, porque era el mejor tirador; cuando cayera la tarde, Lena o Dan lo sustituirían, porque eran las que mejor veían de noche.
Paula se había quedado deambulando por la alambrada, como si temiera alejarse del lugar que hacía pocos minutos, había sido su refugio seguro. Lykaios se planteó unas cuantas veces dispararla, incluso entrar en la nave y encender el generador que electrificaría la alambrada, pero no lo hizo. No porque la chica le importase lo más mínimo, o sintiese compasión por el destino que la aguardaba. Simplemente, dispararla sería malgastar munición. Encender el generador, combustiría gasolina y haría ruido, y ninguna de las dos cosas les interesaba. Y si por algo destacaba Lykaios era por su sentido práctico.
El perro blanco de su hermana pasó a su lado como una exhalación para ladrar a Paula, tratando de echarla del terreno que consideraba suyo y de sus amos, y volvió a entrar en la nave, meneando el rabo con aire satisfecho. Por un instante, se planteó la posibilidad de que estuviera también infectado, de que hubiera contagiado a su hermana. Pero el perro tenía un bebedero distinto al de los gatos, que había defendido con auténtico celo durante las primeras semanas y al que los otros animales no osaban acercarse, y no tenía contacto con los gatos ni forma de salir de la alambrada.
De cualquier modo, Lykaios entró en la nave, decidido a advertir a Dan.
-Damián, sal un momento a cubrir mi puesto, ¿quieres?
-Ya son casi las nueve - intervino Lena, mirando el obsoleto reloj de cuerda que estaba sobre la repisa de la chimenea, y que resultaba un objeto precioso ante la escasez de pilas y demás artilugios modernos -. Salgo yo, pero que no se convierta en costumbre - dijo, antes de salir a cubrir su guardia.
Los muchachos se habían sentado en torno a la mesa de plástico, con rostros circunspectos. Sus edades oscilaban entre los veintiún y los dieciséis años, y aquella situación les desbordaba en muchos sentidos. Por suerte, su juventud les había salvado; los adultos tildaron de alarmista y fantasiosa la definición de "Apocalipsis Zombie", mientras ellos recolectaban armas y alimentos y hacían planes de evacuación.
Lamentablemente, ni todos los planes del mundo impidieron que gran parte de sus familias muriera durante el brote.
-Dan, ¿tienes fiebre o algo?
Su hermana miró a Lykaios entornando los ojos, como preguntándose a dónde quería ir a parar.
-No. Y no me siento mal. ¿Tengo las mejillas rojas, o algo?
-No, lo digo por el perro. Por si también tiene el virus.
Nilo se puso tremendamente pálido, recordando como el animal había lamido las mejillas de Dánae aquella mañana. Solo con que una gota de saliva le hubiera tocado el ojo, o la comisura de los labios, o alguna minúscula herida...
Dan miró a su perro, entre asustada e incrédula. El animal estaba tumbado al pie de la chimenea, y al notar tantas miradas inquisitivas sobre él, alzó sus pardos ojos con curiosidad.
-No sé si está infectado - comentó Dan, en voz baja -, pero creo que no deberíamos tocarlo más. Por si acaso. Y deberíamos matar a todos los gatos.
Todos estuvieron de acuerdo. Ya habría tiempo, más adelante, para decidir si mataban al perro o no, pero aún era demasiado pronto para enfrentar a Dan a aquella decisión. Sobre todo porque, si el perro estaba infectado, Dánae no tendría que decidir nada.
Porque en aquel caso, lo más probable era que ella también lo estuviera.

A pesar del riesgo que sabía que conllevaba, Nilo insistió en pasar también esta noche con Dánae. Y es que no iba a dejar de estar con ella en lo que podía ser su última noche como ser humano. Las protestas del resto del grupo fueron intensas, pero no duraron mucho. La expresión seria de Nilo hacía que sus decisiones respecto a si mismo resultaran inalterables, y todos sabían que su vida y la de su amante estaban ligadas. Cuando uno se fuera, la vida del otro también habría acabado. Y si ellos dos les dejaban, todo estaría cerca de irse a la mierda: todos en cierta medida eran imprescindibles, aunque habían tratado de evitarlo. Necesitaban estar juntos para mantener la estabilidad.
Dánae trató de que no se le notara, pero su gesto grave dijo a Nilo que estaba haciendo un esfuerzo titánico por contener las lágrimas. En cuanto la puerta que llevaba al garaje se cerró tras ellos y estuvieron a salvo de las miradas del resto, se desmoronó. Se sentó con la cabeza entre las rodillas sobre el jergón que habían preparado, y lloró como no lo había hecho desde que comenzó a llamarse a sí misma "superviviente". Nilo se acercó a ella con cautela y se sentó a su lado, procurando tener el mayor contacto posible con ella, que pronto se revolvió y escapó del abrazo de su amante, entre sollozos. El golpe anudó su garganta, y no se atrevió a acercarse más. La llamó con voz entrecortada, de niño asustado. Una voz que sólo ella había oído. A duras penas logró contestarle entre los sollozos y temblores que causaba el miedo.
-Déjame... ya estoy muerta - necesitó tomar aire y fuerzas antes de susurrarlo, para después hundirse aún más profundo entre sus rodillas.
Nilo se le acercó un poco, y trató de devolver racionalismo a la situación.
-No -trató de parecer decidido-. No tienes fiebre, náuseas, nada. No te has sentido mal en todo el día... no puedes estar infectada, pequeña. Todo esto es para que todos estemos tranquilos, ¿Vale? Mañana lo olvidaremos.
Confió en que ella no contemplara la terrible variabilidad, la posibilidad real de que alguien se transforme de un momento a otro sin haber presentado los síntomas. Pero ella había leído tanto como él, se había informado con sus mismas fuentes. Era un riesgo que ambos notaban en el aire, haciéndolo demasiado escaso.
-Mátame ya, por favor. Mátame -dejó de sollozar de repente, para mirar a su amante, a la persona con la que había prometido tener unos hijos preciosos, una vejez tranquila tras una juventud de aventuras. La persona a que se había jurado que haría feliz siempre.
Él perdió la poca seguridad que le quedaba al ver sus ojos. Bajo el cristal de las lágrimas, apenas quedaba más que un ligero brillo de melancolía hacia la vida que ya no podría tener, y un extraño sentimiento hacia él. Un amor lejano que no habían esperado hasta dentro de muchísimo tiempo, cuando juntos dejaran la vida al unísono. El brillo de los ojos de Dánae se despedía de él. Pero no podía aceptarlo, no podría hacer eso.
-No vas a dejarme... -balbuceó Nilo, mientras su alma se partía al ver el rostro de su amada cruzado por las gotas de luz lunar que se colaba entre las ventanas, como un mudo testigo de todo lo que no debería estar pasando.
-Por favor, no hagas que me convierta en eso. Déjame seguir en tu recuerdo como soy ahora, y no como a esa criatura a la que tuviste que reventar el cráneo a golpes.
Nilo no podía más. Todo era demasiado irreal. Absurdo, casi cómico, como una broma pesada. La realidad ya no lo era, y por temor a que fuera cierto, o quizá por esperanzas de despertar de una maldita vez, se levantó. Corrió hacia el banco de trabajo, agarró un cuchillo y de un seco movimiento se abrió la piel de la palma de la mano izquierda. El dolor físico calmó el emocional y le demostró que todo era real.
Dánae, al ver las gotas de sangre brillar al caer y salpicar sobre el suelo, olvidó todo lo que en realidad no era tan real para ella. Sintió que él volvía a tener catorce años, y sollozaba suavemente tras haberse hecho daño.
-Ven, mi vida... -Su voz, aunque sin fuerza, calmó a Nilo. Pronto sintió las manos de ella sosteniendo la suya, sus ojos escrutando la herida con esa mirada de curandera que había heredado de su bisabuela y tanto había visto en los últimos meses. Le miró y sonrió amargamente, con el gesto de una madre- no es mucho, pequeño. No es mucho.
Nilo volvió a sorprenderse, como siempre que pasaba algo así. Por muy mal que estuviera ella, siempre lo olvidaría si él la necesitaba. Siempre sacaría fuerzas para dedicarle una de esas sonrisas que le hacían sentir en casa y decirle que no era mucho, y buscar cualquier cosa para ayudarle.
Le preparó una infusión de malvarrosa y corteza de aliso en el hornillo a gas, y le limpió la herida con ella. Le calmaría el dolor, evitaría que la herida se infectara y ayudaría a que la sangre coagulara. Después, empapó un trapo en el líquido y vendó la mano con él, de forma que la herida se mantuviese cerrada.
Gracias al remedio -aunque él no pudo evitar pensar que era gracias al amor- el dolor remitió. Los dos amantes volvieron a sentarse en el jergón, pero esta vez relajados. Abiertos el uno al otro. Sin dejar de mirarse, sin hablar, se tumbaron juntos dentro del jergón, muy pegados.
-No puedes irte ahora, pequeña. Te necesito -su voz estaba más cargada de amor que de miedo-. Quédate... por favor - puso su cara de cachorro, confiando en que esta vez también funcionara, y Dánae no pudiera negárselo.
-Vale, me quedaré. Pero sólo contigo... Si tengo que irme, te doy permiso para que vengas conmigo -su voz juguetona hacía que eso pareciera una conversación sobre cosas muy lejanas a la muerte.
-Creo que eso ya iba a hacerlo -Nilo se rió amargamente- no lo tengo claro, pero es muy probable que si tú estás infectada yo también lo esté...
Ella estuvo a punto de preguntar el por qué, pero antes de que pudiera acabar la frase, él le plantó un dulce beso en la boca.
-Por eso.
-Oh... - Dánae entendió. No había leído que estuviera comprobado, pero se creía que era posible la transmisión de la infección en una fase temprana mediante un intercambio de fluídos como ese.
-¿Pero sabes qué? -ella puso su cara de gata curiosa, esperando la información- si la palmo por besarte, habrá perecido la pena igual -la besó de nuevo, y ella se revolvió, juguetona, antes de volver a tomar consciencia de su situación.
-¿Y si me transformo, y tú no? ¿Si te devoro?
-Lo tomaré como un gesto cariñoso -bromeó-. Dánae, si morimos, lo hacemos juntos. Habrá algo más, pequeña. Tiene que haber algo más. Y de todas formas, algo me dice que estamos sin virus, los dos.
Los dos se esforzaron por creerlo, y mientras Nilo la ataba de forma que pudiera dormir cómoda, con las manos sobre el pecho, se concentraron en que sólo era una forma de que los demás estuvieran más tranquilos. Tras hacer un comentario sobre lo extraño que le resultaba atarla sin ninguna otra pícara intención, Nilo se ató las muñecas a las de ella con una brida negra, de forma que podía simular un abrazo. Se besaron una vez más antes de cerrar los ojos, y poco a poco el sueño venció al miedo que ninguno de los dos se atrevió a volver a mencionar, por temor a encontrarlo bien justificado al escucharlo en voz alta. Al final, consiguieron dormir. Con fiebre o sin ella, con virus o sin el, con la posibilidad de volver a disfrutar con su amor o la de terminar con sus sesos esparcidos por todo el garaje. Fuera como fuera, durmieron.

A la mañana siguiente, tras una noche en la que nadie en el salón-comedor pegó ojo, una figura cuya altura se enmascaraba por lo encorvado de la postura surgió desde la rendija de la puerta, que se abría poco a poco, delante de unos ojos que miraban hacia la habitación donde los amantes dormían. Orión, con su fusil cargado en la mano, buscó a la pareja a través la rendija abierta en la puerta, con temor a encontrar a los dos colegas con los que había vivido tanto convertidos en bichos-come-cerebros. Los vio aparentemente dormidos , abrazados como siempre en su jergón. Se atrevió a entrar en el garaje para mirar más de cerca, y la mirada perdida de Dánae activó su acto reflejo de amartillar el rifle. El sonido pareció alertarla, y lo miró. Orión rogó en un segundo a todas las deidades de las que había oído hablar, pidiéndoles hallar una pizca de inteligencia, una mirada conocida en los ojos de su mejor amiga.
Algo que le dijera que no tendría que volarles la tapa de los sesos a ambos, y recordarles el resto de su vida como nada más que cuerpos muertos deseosos de devorarle.

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