domingo, 18 de noviembre de 2012

.

Vengo aquí sin saber qué escribir, como de costumbre, pero con ilusión. Pronto dejaré de crear para el blog, dado que ahora mismo no tengo mucho que ofrecerle, pero seguiré escribiendo para mí. Si todo sale bien, volveré para quitar ese little de ahí.
Durante el tiempo que pase sin pasar por aquí, volveré a alimentar la llamita con nuevos objetivos, con ilusiones, otra vez con un camino que recorrer. Al fin me he dado cuenta que pasar los próximos tres años esperando no me iba a traer más que frío, mucho frío. Y eso sólo iba a quitarme la posibilidad de ser feliz más adelante.
Viviré, porque tengo una fuente de ilusión que parece ilimitada, un punto de referencia que sólo me lleva al optimismo.
No sé qué más puedo decir, y no quiero arañar unas palabras que no van a servir de nada, que no van a decir nada.
Otra vez, hasta luego -debéis de estar hartos-. Espero volver pronto, con mi cordura de nuevo en su lugar.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Cancioncilla

Los gusanos tapizan las paredes,
las arañas huyen de las heces.
Corren hacia ti, corren hacia ti;
corren hacia ti, corren hacia ti.

Trepan por tus piernas, no puedes moverte;
llegan a tu pecho, el corazón no es fuerte.
Corren hacia ti, corren hacia ti,
corren hacia ti, corren hacia ti.

Andan por tu cara, sientes el cosquilleo;
entran en tu boca y piensas que estás muerto.
Corren hacia ti, corren hacia ti;
corren hacia ti, corren hacia ti.



jueves, 18 de octubre de 2012

Disrupción

La ira recorre mi cuerpo.
¿Por qué en el principio no se respetó lo sagrado?
El incienso se consume lentamente a mi lado, 
y yo trato de pensar. Pero la razón no me dice nada, mas lo que siento.
Y a cada inhalación siento más.
El humo entra en mis pulmones, y la ira no se va.
¿Por qué? ¿Es que no hubo profecía? ¿Un destino por el que luchar?
Yo sí lo tuve...


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Apocalypse IV






  Orión dirigía la mirada hacia Dan, aunque no tenía claro que ella se la devolviese. Sus ojos de color del oro viejo estaban iluminados por el reflejo de la luz de la mañana, en un semicírculo aún más dorado que rodeaba su iris; pero no dejaban ver ni una pizca de consciencia.
Ella hizo un movimiento lento, perezoso, y Orión se sobresaltó. Con lágrimas brotando en sus ojos se llevó rápidamente la mira del rifle junto a su ojo derecho, apuntando a la cabeza de su amiga con manos temblorosas. Ella, al no poder llevarse la mano a la boca, dio un tirón a las cuerdas y a las manos de Nilo, que estaba tirado a su lado, como un fardo muerto.  «Tengo que hacerlo,» se susurró Orión, sintiendo una enorme y ardiente esfera de fuego, miedo y culpa condensándose en su estómago. Cuando ella abrió la boca todo lo que sus mandíbulas la permitían exhaló un gemido estremecedor, y él aferró su rifle como si fuera lo único que quedaba de su triste vida. Ella al fin se espabiló un poco, y tuvo que reprimir el tremendo bostezo para hablarle:
– Cabrón, ¡que no estoy muerta!
– Pero como sigas tocando las narices tú lo estarás en breves, Orión – Nilo se había tumbado de medio lado, con los ojos apenas abiertos; tenía cara de pocos amigos y ganas de dormir más.
Orión dejó el rifle en el banco de herramientas y entre carcajadas corrió a tirarse sobre sus amigos, sin hacer caso de la expresión de Nilo. Les abrazó a ambos, y después, a ella le revolvió aún más el pelo corto, y a él le dedicó un puñetazo amistoso en el pecho. Eran unos cabronazos, unos cabronazos con suerte. Ellos le devolvieron los gestos, sonrieron y se besaron mientras Orión gritaba:
– ¡Están vivos!
Uno a uno, el resto del grupo fue saliendo del salón-comedor, para encontrarse con sus dos compañeros casi-zombies. El primero fue Lykaios, que no pudo reprimir una amplia sonrisa al reunirse con ellos. Estaba espabilado, y llevaba puestos sus vaqueros negros, como siempre. 
Después entró Damián, aún en pijama y con la misma cara de sueño que Nilo, y los apretados rizos apenas perturbados por haber pasado toda la noche contra la almohada. Lena le seguía, dándole empujoncitos con su amistosa expresión de "anda que no duerme este chico". Todos expresaron su satisfacción al ver a sus amigos vivos. Les abrazaron, les dieron palmadas en la espalda. Era una escena idílica, pero en ella había algo que fallaba... 
–¿Qué, hoy tampoco le tocaba la guardia a nadie? –  soltó Nilo hacia el techo, justo después de dejarse caer de nuevo en el jergón.
– A mí no  –  dijo Lena.
– Ni... -Damián bostezó –... a mí.
– A nosotros desde luego que no –  añadió Dan, acariciando el pelo encrespado de Nilo.
Orión negó con la cabeza instintiva y tímidamente. Quizá sí la debía haber hecho él... Se le pasó por la cabeza admitirlo, pero no lo tenía claro. Además, sería mejor que las culpas se las echaran los unos a los otros.
Para su alivio, todos se encogieron de hombros y dejaron pasar el tema. El hecho de que la pareja siguiera viva había sustituido sus ganas de pelea por una alegría que hacía tiempo que no sentían. Tetas, si hasta Lykaios el impasible estaba sonriendo como un niño. Aún con las sonrisas en la cara, se pusieron en movimiento. Lo primero fue echar un vistazo a todo el perímetro de la finca, para joder bien a los zombies que se hubieran acercado durante esta noche sin vigilante. Su número era alarmante. Orión ya había avisado de la presencia de dos de ellos a Lena y su ballesta cuando Damián les llamó desde a otra punta de la finca.
Al llegar, Orión vio cómo sus compañeros se reunían en torno a un punto de la verja, como cuando la zorrilla esa se les presentó herida... pero todos aguardaban a más distancia de la valla. Ahí, al otro lado, había una figura conocida y extraña. Era esa chica tonta, Paula, que se aferraba a la verja con dedos que ahora parecían más afilados. Su boca estaba demasiado abierta, exhalando sonidos estremecedores, goteando de una maloliente mezcla de sangre, bilis y saliva. Parecía que los zombis no la habían tocado. Salvo... salvo por ese mordisco bajo el pecho derecho. Joder, tenía unas buenas tetas, pero ahora sólo se podía mirar a ese hoyo en su carne... se le veían las costillas.
A Orión le vino una arcada. Y otra, y luego otra. Los no-muertos cualquiera eran fáciles de soportar, de ver como simples cuerpos... Pero si se había visto a la persona viva, era aún más repugnante, muchísimo más. Siempre se venía a la cabeza la diferencia entre la piel cálida y suave de antes a la pútrida y
muerta de la zombificación, la pregunta de qué habría pasado durante el cambio. Y se erizaba el vello, y daban ganas de vomitar. Pero esta vez Orión pudo reprimirlas y acercarse más. Llegó a tiempo de escuchar la voz de Dan, algo temblorosa, pero decidida.
– Déjame a mí –  dijo, mientras indicaba con un gesto a Lena que bajara su ballesta – , se lo debo, por lo de los gatos. Si no fuera por ella podríamos haber acabado todos así… y yo soy la que más tiempo pasa con Jackie, la que más probablemente se hubiera contagiado.
Encajó una pequeña saeta en su ballesta y tensó la cuerda con ayuda de la palanca, usando su tórax como punto de apoyo. Apuntó con la mira telescópica, aunque la distancia era mínima; soltó el seguro, murmuró un "gracias" y disparó. Con un discreto silbido la energía de la cuerda hizo que la flecha saliera disparada, y casi instantáneamente el cráneo de la zombie se quebró, dejándola tendida en el suelo, por fin inmóvil.
Se hizo un breve silencio contemplativo. Dan miraba fijamente al cadáver, con una mezcla de miedo y culpa en la cara. Lykaios y Lena esperaban con parecida impasibilidad, y Damián miraba alternativamente a sus compañeros, quizá preguntándose cómo había acabado metido en todo esto. Orión movía la cabeza lentamente, de izquierda a derecha, rogando a quien fuera que estuviera ahí arriba de que aquello no estuviera pasando. Su ensimismamiento cesó con las palabras de Nilo.
– No podemos volver a hacer esto
Damián le miró confundido, Orión creyó haberlo entendido.
–¿El qué? – se atrevió a preguntar Dan, aún con la mirada perdida en la frente quebrada de Paula.
– No... –  él no tenía muy claro lo que iba a decir – . Esto no es...
Orión empezó a ponerse nervioso. No estaba acostumbrado a que Nilo se trabara tanto, aunque parecía que Dan sí. El chico de ojos casi negros juntó los dedos de su mano derecha, buscando la palabra adecuada.
– No es piadoso, es cruel –  concluyó, al fin –. La habríamos ayudado más acabando con ella antes, y no dejando que se transformara... en eso.
– Pero aún era humana, ¡Somos supervivientes, no asesinos! – Orión no concebía cómo podía siquiera pensar en matar a un ser humano inocente, a sangre fría.
– No es bonito... pero hay que reconocer que hubiera sido mejor para ella –  Lena habló con voz monótona, estaba perdida entre sus propios pensamientos.
– Pero... –  el chico de la camisa militar no sabía cómo responder. Había sido criado por los valores que se exaltaban en las películas americanas, y ese respeto por la vida era lo que de verdad importaba para él. Era su identidad como superviviente, lo último a lo que aferrarse.
– Orión, creo que Nilo tiene razón. ¿No imaginas lo que ha tenido que pasar hasta llegar de nuevo junto a esta verja? –  Dan, su mejor amiga, señaló al cadáver de forma cruel. Cada vez apestaba más.
Damián se encogió de hombros falsamente, dando a entender que tenía una opinión al respecto, pero que no quería pronunciarse. Lykaios parecía no tener ningún tipo de inclinación, aunque eso era lo habitual. Orión agachó la cabeza y apretó los puños, tratando de aceptar la realidad que le presentaban sus compañeros. Era demasiado inhumano, demasiado cruel. Aunque en su situación desechar un poco de humanidad quizá estuviera impuesto para quienes quisieran seguir con vida.
Pronto volvieron a ponerse en marcha. Acabaron con el resto de los zombies y quemaron los cadáveres. Doce en total, mucho más que los que solían eliminar las noches del mes pasado. Aquello empezaba a no ser seguro.
Con una pena terrible, decidieron acabar con todos los gatos. Desde el principio tuvieron claro que no eran mascotas, que no debían cogerles cariño. Orión creyó haberlo conseguido, pero al verse obligado a cazarlos sin piedad tuvo que reprimir alguna que otra lágrima. El sol comenzaba a abrasar, pero aún más lo hacía la tristeza de tener que acabar con los animalillos que les habían acompañado todo este tiempo. Aquel no estaba siendo un buen día. Hacía tiempo que no tenían uno bueno.

Despertó en plena noche, con la respiración agitada como si acabase de correr veinte kilómetros. Dan se incorporó lentamente y miró a su alrededor, tratando de tranquilizarse. No sabía que la había despertado, pero dejó de importar cuando vio que los demás también habían abierto los ojos y se miraban unos a otros, con un funesto presentimiento escrito en la mirada.
– ¿Qué coño...? – comenzó a preguntar Orión, pero de pronto todos volvieron a escuchar lo que los había despertado; un estampido tenue, apenas nada, que se notaba más en la vibración que en el ruido en sí mismo.
Todos reconocieron al segundo el sonido de un arma con silenciador, y se pusieron en pie, moviéndose frenéticamente. Lena estaba de guardia, sola en el exterior, y alguien estaba disparando. Los zombies no usaban herramientas; obviamente, eran humanos, y no humanos amigables.
Dan ya sospechaba que, tarde o temprano, la sociedad escindida acabaría por convertirse en simplemente una serie de grupos aliados entre sí, en los que primaría la ley del más fuerte. Nilo compartía su teoría, y los dos sabían que no estaban preparados para enfrentarse a humanos armados. Por eso ambos se detuvieron unos segundos a pertrecharse bien, y lo mismo hicieron los demás. Lykaios, con la determinación escrita en su normalmente adusto rostro, amartilló y preparó su fusil.
–Voy a subir al tejado. 
Salieron uno a uno, pisando con delicadeza sobre la suela de goma de sus botas de montaña y aferrando bien sus armas. Lykaios subió al tejado por la parte trasera, y Nilo, Dan y Damián fueron hacia la verja principal pegados a las encinas, tratando de esconderse en las sombras, mientras Orión los cubría desde la puerta de la nave.
A la tenue luz de la luna, Dan vio el cuerpo yacente de Lena, a pocos pasos de la verja. En la puerta había varias siluetas oscuras; la muchacha contó al menos cuatro, pero no podía estar segura. Sentía el peso tranquilizador del martillo y el hacha contra los riñones, pero los desconocidos tenían armas de fuego. Nilo, a su derecha, sacó la ballesta y comenzó a cargarla; tenía mejor puntería que Dan. La muchacha confiaba que la saeta alcanzase y derribase al menos a uno de los asaltantes, y que aquello incitase a Lykaios y a Orión a disparar. Si conseguían eliminar al menos a tres de los hombres, tendrían más posibilidades de salir con vida del encuentro.
Lena yacía en el suelo, totalmente inmóvil. A pesar de que al ser de noche no era fácil percibir nada, Dan creyó ver una mancha de oscura humedad en su vientre; si tenía un tiro en el estómago, ni todos los conocimientos de curandera de Dan podrían salvarle la vida.
–No estés muerta, por favor – masculló entre dientes la chica, y tanteó el mango rugoso de su hacha hasta sacarla del cinturón que había confeccionado ella misma a fin de sujetarla. Era tranquilizador sentir aquel peso en la mano, aquella prolongación de su brazo.
Nilo apoyó la ballesta contra su hombro y acercó el ojo a la mira. Siguiendo la dirección del cañón, Dan calculó que quería disparar al cuello o a la cabeza del hombre que se afanaba en forzar el candando que cerraba la verja; el chico quería un tiro mortal, acabar cuanto antes.
La saeta surcó el aire con un leve silbido, y un crujido sordo indicó a Dan que había tocado y roto al menos un hueso. El hombre se desplomó como un saco, y los muchachos vieron que los otros empuñaban sus armas, buscando el origen del ataque y prestos para disparar. Antes de que pudieran hacer nada, un suave estallido indicó a Dan que su letal hermanito acababa de entrar en acción; para su sorpresa, no una si no dos figuras cayeron derribadas, aunque la chica no alcanzó a oír el segundo disparo.
Una traca de estampidos rompió el tenso silencio, mientras Orión descargaba una ráfaga de su fusil sobre los dos atacantes que aún quedaban en pie. 
Antes incluso de que los hombres se derrumbasen, el gruñido bronco de un motor indicó a Dan que había al menos un hombre más, y que estaba al volante de un vehículo. La chica comenzó a gritar una advertencia, pero antes de que pudiera acabar la primera palabra, un todoterreno pasó pobre los cadáveres de los asaltantes y se estrelló contra la verja, que salió despedida y cayó sobre Lena, que seguía inmóvil en el suelo.
Dan recuperó la voz justo a tiempo para gritar;
– ¡Dispara, Lyk!
Su hermano no había esperado a la orden. Tres balas abandonaron su fusil en rápida sucesión, en tanto que del de Orión salía otra ráfaga que reventó el radiador y los neumáticos. El vehículo se detuvo a pocos centímetros de la puerta, mientras el único asaltante superviviente se retorcía entre agónicos bramidos en su interior.
Nilo, Dan y Damián corrieron hacia Lena, sin preocuparse de lo que ocurriera con el vehículo. Con rápidos y precisos movimientos, los dos muchachos retiraron la verja y Dan se dejó caer de rodillas junto a Lena. Respiró hondo un segundo, para serenarse; su abuela le había enseñado que una buena curandera jamás está nerviosa al atender a un herido, jamás se deja llevar por el pánico. Con entrenada facilidad, Dánae se sumergió en un frío estado cerebral que le permitía ver a su amiga como un cuerpo que había que reparar, y nada más.
Libre de la carga emocional, las fuertes manos de la muchacha palparon el torso de Lena, buscando la herida que le provocaba la pérdida de sangre. Sorprendida, comprobó que su vientre estaba empapado en sangre, pero ileso. Cuando iba a apartarse el brazo que la joven apretaba contra el costado, Lena abrió un ojo.
– Pensé que sería mejor que me dieran por muerta   jadeó, con una torva sonrisa –. Puse el brazo contra el pecho para que pensasen que me habían dado y no disparasen dos veces.
Dánae le respondió con una sonrisa serena y tranquilizadora.
– Está bien, Lena. Muy bien pensado.
Lena volvió a cerrar el único ojo que había abierto, y Dánae se desanudó el pañuelo de la frente para hacer un torniquete en el brazo de la joven. Tenía orificio de entrada, pero no de salida, y la joven curandera supuso que tendría que sacar la bala para evitar infecciones. Tanteando con suavidad, calculó que estaría alojada contra el cúbito del brazo derecho, y que el hueso podría estar astillado, aunque no roto. Hizo el torniquete un poco por encima del orificio, y cuando la sangre dejó de manar, tanteó la herida con los dedos; poco más podía hacer en la oscuridad. Parecía una herida limpia.
– Deberíamos llevarla dentro... – empezó a decir, algo en la expresión de Nilo la hizo callar.
De pronto, se dio cuenta de que todo estaba muy silencioso. Demasiado silencioso. Y al erguirse y apartarse de la sangre de Lena, percibió el hedor y perdió aquella serenidad que la poseía cuando curaba.
– Creo que hemos hecho demasiado ruido – masculló Damián, enarbolando su extraña maza. Dan, lívida, asintió.
– ¿Podéis entretenerlos? – preguntó, nerviosa.
– Llévatela.
Dan miró a Nilo a los ojos, angustiada, pero él parecía seguro de lo que hacía.
– Llévala a dentro, Dánae. Ponla a salvo. Nosotros iremos enseguida.
La muchacha miró hacia el hueco que había dejado la verja rota, y contó al menos seis siluetas, pero sabía que vendrían más. No había tiempo para dudar; ella era curandera, tenía que poner a salvo al herido. Se lo pedía en instinto, lo llevaba en las venas.
– No tardes – murmuró, antes de arrodillarse junto a Lena. Pasó los brazos por debajo de su cuerpo y la levantó sin apenas esfuerzo, pesaba apenas más que un niño –. Te estaré esperando.
Nilo asintió sin apartar la mirada de los zombies que se acercaban con paso lento, inexorable. Dan echó a correr, cruzándose con Orión en su carrera, que se dirigía al lugar donde pronto tendría lugar la refriega a ayudar. Apenas intercambió con él un desmañado gesto con la cabeza, y siguió corriendo, rezando entre dientes mientras rodeaba el todoterreno destrozado donde el asaltante cosido a tiros aún agonizaba, abría la puerta de la nave y se precipitaba al interior, cerrándola a sus espaldas.
No miró atrás ni una vez, porque sabía que perdería el valor. No se permitió pensar, ni sentir, ni tener miedo, mientras tendía a Lena en la mesa de la cocina y rebuscaba entre los útiles de los que disponían hasta dar con algo que le permitiera salvarle el brazo. No apartó la vista de su paciente, iluminada por la tenue luz de las velas, mientras en el exterior sonaban golpes y sordos disparos del fusil de Lykaios. Ni siquiera lo hizo cuando el alba se coló por las ventanas, cuando consiguió al fin extraer la bala y la dejó caer con un sordo golpeteo sobre la mesa.
Allí, en aquel instante, en aquel momento, Dan era Dánae, la última de su estirpe, una curandera con todas las de la ley. No podía permitirse pensar en otra cosa. Si lo hacía, se moriría de miedo.
Y el miedo de Dan podía costarle un brazo a Lena.


Licencia de Creative Commons

martes, 7 de agosto de 2012

Entrenamiento

Otra vez contra el folio en blanco. No sé si tengo algo que decir, pero lo intento. Sólo quiero soltarme. Busco un tema, merodeo por mi cabeza. Lo estoy intentando, lo juro.

¿Quizá la frustración que causan las cosas que me impiden cumplir los objetivos que me había propuesto este verano? ¿La melancolía y algo de soledad tras una tarde genial? ¿Lo difícil que es -a ratos- ser tan raro, quisquilloso con todos? ¿La forma en la que se hace más dificil cuando quieres hacer feliz a una persona social? ¿Mi búsqueda de cosas nuevas que me diviertan?

Unos cuantos temas. Ahora no me sentiría cómodo hablando de ninguno de ellos. Quizá más tarde. Por hoy, ya escrito un poco, algunas líneas. Quizá mañana algunas más, pasado siga aumentando la cantidad. Eso espero. Poco a poco.

¿Dónde habré dejado mi armónica?

Tengo que seguir alimentando la llama, pero no debo ahogarla. Poco a poco, poco a poco. Hay que dejar que lo rodee todo, pero despacio.

Sólo espero que no entre agua cuando llueva.

domingo, 5 de agosto de 2012

Medio-cre

Me lanzo al fin, trato de volverlo a escribir. Pienso en la forma correcta de empezar:

"Estos últimos días"

Ya está. Escrito. ¿Y ahora qué? Conozco perféctamente los hechos, lo que tengo que decir. Sólo tengo que encontrar la forma de expresarlo.

"Estos últimos días", comenta el folio.

Barajo varias posibilidades, todas incompetas. Me decido por una. Tiene huecos, y echo tierra para tratar de llenarlos. Pero vuelve a hundirse. Sigo intentando tapar el hoyo, pero parece que cada vez se hace más y más profundo.

"Estos últimos días"

Lo dejo unos segundos, trato de calmarme.

"Estos últimos días"

Vuelvo, y al hacerlo mi impotencia literaria choca contra mí como un muro, como una explosión sólida, y me termina de expulsar de a historia. Siento rabia.

Muy bien. Escríbete sola, si quieres. Yo no puedo. Adiós.

Justicia

He estado pensando sobre ella, sobre lo que es, sobre su conveniencia. No cabe duda sobre su significado general: dar a cada persona lo que le corresponde. ¿Pero en función de qué? En función de sus hechos, pienso yo. En absoluto de sus influencias, genética o situación personal.

Pero voy a ir al grano, a donde quiero llegar: ¿Qué tiene de eficaz hacer mal a las personas que han hecho mal, si se sigue dañando a las personas buenas? ¿Se consigue así la justicia? ¿Torturando hasta la muerte al violador hay justicia para el violado?

No lo creo. No hay justicia en eso.

viernes, 27 de julio de 2012

jueves, 26 de julio de 2012

Lluvia

La tormenta ha empezado, y con mucha más fuerza de la que esperaba. Desde la ventana no se puede llegar muy lejos con la vista, y se ven las pequeñas gotas que el viento arrastra a ras de suelo, como una pequeña tormenta de arena licuada. El estrépito del agua al golpear en los cristales se hila junto a los truenos, haciendo que salir fuera sea toda una odisea para el oído, y dentro de casa, una sinfonía.

Yo, por mi parte, me resguardo bajo el tejado. Deseo con todas mis fuerzas salir, arrancarme la ropa y disfrutar de las miles pequeñas puñaladas heladas que regala la lluvia. Pero eso sólo podría hacerlo estando junto a mi otro yo. Pudiendo verme en el espejo... pero ahora, cuando miro, no veo nada. A lo sumo algún recuerdo.

Así pues, trato de sentir el calor del hogar, la otra faceta de la tormenta. Pero aún con un buen videojuego y un batido de chocolate con leche condensada no consigo sentirme bien. No me acerco ni lo más mínimamente a la sensación que busco, esa que estaba en el pequeño hueco entre el sofá y el ventanal en ese piso de la calle Guadalquivir. Qué días fueron aquellos -y parezco un anciando hablando de mi juventud- en los que aún no sabía hacia donde debía ir mi vida. Tan despreocupada, tan vacía.

Ahora toca la misma odisea de todas las noches. Ir a la cama ya, o ocuparme en cualquier cosa hasta que el agotamiento me venza. Sé que acabaré haciendo lo segundo, por mucho que desee tener la primera opción. Hay que aprovechar el tiempo, me dice alguna parte de mi cabeza. Supongo que me da miedo dejar tiempo a las cavilaciones y que estas me lleven a algún lugar brumoso, lleno de peligro y temores ocultos, dolor que sólo se puede sentir imaginándolo, pero que acaba surgiendo entre los caprichosos deseos de mi cabeza.

Voy a dejar ya que la pelea se dispute sola. Así que, señores, les deseo muy buenas noches.

viernes, 6 de julio de 2012

Apocalypse III

Paula gritó como si hubiera visto un fantasma, sin apartar los ojos de Lorena y su mano mordida. Lena, siempre práctica, le cruzó la cara de una bofetada.
-Cierra la puta boca antes de que vengan más.
-Ella no es una devoradora... - masculló la chica, pero Lykaios no le dio opción a decir más. Lorena seguía gritando y lanzándose contra la puerta enrejada, suplicando ayuda, y todos sabían que aquello únicamente conseguiría atraer a más zombies.
La mirada de Lykaios era tan fría que podría helar a cualquiera.
-Llama a las cosas por su nombre. Es un zombie, y lo único que va a hacer es atraer a más - apuntó a la chica con el fusil -. Lárgate. Ahora.
-¡Por favor! - chilló la chica, desesperada, pero lo único que consiguió fue que Lena alzase también su ballesta, apuntándole a la cabeza.
-Vete.
Paula lloraba y gimoteaba, con la mano derecha apretada contra la mejilla enrojecida, sin apartar la vista de Lorena y los chicos que la apuntaban con sus armas, fríos, impasibles. Ninguno dejaba entrever ninguna emoción en sus rostros, salvo quizá Lena, cuya boca se tensaba poco a poco en una mueca de rabia. De repente, apretó el gatillo de su ballesta, y una saeta pasó tan cerca del cráneo de Lorena que le revolvió el pelo.
Paula no sabría decir si Lena había fallado, o era allí a donde apuntaba.
Lorena se alejó tambaleante. Sus movimientos extrañamente entumecidos, sonámbulos, y el color intensamente rojo de sus mejillas indicaban que la fiebre y el virus habían comenzado a hacer estragos. Los científicos establecían cuatro etapas en el desarrollo de la enfermedad zombie, y en teoría, no se podía matar a un zombie hasta la fase IV.
Los supervivientes que vivían en la finca eran bastante más prácticos. Desde luego, no matarían a una persona que no fuera un zombie a todos los efectos, ni siquiera aunque fuera a serlo a corto plazo; eso era cruel. Y ellos ya habían visto bastante crueldad.
La diferencia estaba en que ellos no se entretenían vigilando los síntomas que los médicos definían como "fase IV", simplemente se fijaban en si eran capaces de hablar, de entender, o no. Y si no lo eran, disparaban. Puede que se hubieran equivocado en alguna ocasión, pero, al menos, sus conciencias estaban tranquilas.
Lorena aún podía hablar, así que a ninguno de ellos se le pasó por la cabeza dispararla.
Aunque no se podía decir lo mismo de Paula, que dejaba escapar cada poco prolongados gemidos. Lena la miraba con una tremenda expresión de odio, e incluso Dan empezaba a sentirse intranquila.
-¿Qué demonios le pasa? - murmuró, nerviosa.
Orión se acercó a ella y le puso una mano en la frente con delicadeza. Se apartó de ella de un salto, con expresión de susto.
-Mierda, joder... ¡está infectada!
Todos se apartaron de la chica rubia unos pasos, cautamente. Lykaios volvió a alzar su fusil con sorprendente delicadeza. Paula los miró con desesperación; sabía que estaba virtualmente muerta, y ya había visto cómo habían tratado a Lorena. Con lágrimas en los ojos, pensó que eran unos seres despiadados, salvajes.
Ellos se miraron unos a otros. Sabían que no había alternativa, que tenía que irse, si no querían sucumbir los demás.
-¿Cómo se ha infectado? - preguntó Orión de pronto.
Paula entendió que aquella simple pregunta podía haberle salvado la vida. ¡No había estado ni siquiera cerca de los devoradores! Dan y Nilo habían estado mucho más cerca, y ellos estaban limpios. Podía ser simplemente un catarro, o las consecuencias de la insolación... ¡aquella fiebre no tenía por qué ser señal de que estaba infectada! Pero si la echaban a los caminos, acabaría muerta.
-No estoy infectada, es por la insola... - empezó a decir, pero Lena la cortó bruscamente.
-¡Putos gatos! - masculló, a la vez que cargaba su ballesta a una velocidad sorprendente. La alzó y disparó una flecha al gato pelirrojo que apenas unas horas antes había arañado a Paula.
Todos los demás entendieron al instante. Los gatos escalaban las verjas, entraban y salían a su antojo, y eran animales carroñeros. No era una opción en absoluto descartable que uno de ellos hubiera comido parte del cadáver descompuesto de un zombie. En aquel momento, todos los gatos podían estar infectados, pues todos bebían de los mismos recipientes.
-Ninguno más ha tocado a ningún gato, ¿verdad? - preguntó Dan, angustiada. Orión negó con la cabeza.
-Nos quedó bien claro desde el primer día que no son mascotas.
Todos se quedaron mirando a Paula, que paseaba la mirada de uno a otro, intranquila.
-¡Por favor! - dijo al final, igual que había hecho Lorena apenas unos minutos antes - ¡Por favor, no me dejéis, no me echéis sin más, por favor...!
Ninguno le respondió, ni siquiera la miraron. Ni siquiera Orión. Sabían que ya no podían hacer nada más por ella, y que compadecerla solo les pondría las cosas aún más difíciles. Lo único que podían hacer era echarla, y seguir adelante. Ellos tenían que sobrevivir.
-Vete - dijo Lykaios, con el mismo tono frío de antes. Lena, a su lado, asintió.
-Por favor... - susurró Paula, sin fuerzas para más. Miró a Orión, que apartó la vista de ella, como si no quisiera verla o reconocer que le había cogido algún cariño. Ninguno la miraba ya a los ojos, ni siquiera a la cara; era como si ya estuviera muerta.
Dan señaló la puerta con una mano que no temblaba.
-Tienes que irte - dijo, y en su rostro salvaje se adivinaba cierta compasión, pero también era inflexible. Estaba claro que no admitía réplica. Nilo, a su lado, asintió.
Paula no pudo decir nada, ni siquiera moverse. Tenía frío, mucho frío, allí, a pleno sol, sabiendo que su destino era convertirse en uno de aquellos repugnantes seres que se arrastraban por los campos, pútridos, devorando todo a su paso.
Era un destino peor que la muerte.

Los chicos volvieron a entrar en la nave, cubiertos de sudor frío. Todos menos Lykaios, que seguía en su puesto, montando guardia. Las guardias diurnas, por lo general, le correspondían a él, al menos uno de los turnos, porque era el mejor tirador; cuando cayera la tarde, Lena o Dan lo sustituirían, porque eran las que mejor veían de noche.
Paula se había quedado deambulando por la alambrada, como si temiera alejarse del lugar que hacía pocos minutos, había sido su refugio seguro. Lykaios se planteó unas cuantas veces dispararla, incluso entrar en la nave y encender el generador que electrificaría la alambrada, pero no lo hizo. No porque la chica le importase lo más mínimo, o sintiese compasión por el destino que la aguardaba. Simplemente, dispararla sería malgastar munición. Encender el generador, combustiría gasolina y haría ruido, y ninguna de las dos cosas les interesaba. Y si por algo destacaba Lykaios era por su sentido práctico.
El perro blanco de su hermana pasó a su lado como una exhalación para ladrar a Paula, tratando de echarla del terreno que consideraba suyo y de sus amos, y volvió a entrar en la nave, meneando el rabo con aire satisfecho. Por un instante, se planteó la posibilidad de que estuviera también infectado, de que hubiera contagiado a su hermana. Pero el perro tenía un bebedero distinto al de los gatos, que había defendido con auténtico celo durante las primeras semanas y al que los otros animales no osaban acercarse, y no tenía contacto con los gatos ni forma de salir de la alambrada.
De cualquier modo, Lykaios entró en la nave, decidido a advertir a Dan.
-Damián, sal un momento a cubrir mi puesto, ¿quieres?
-Ya son casi las nueve - intervino Lena, mirando el obsoleto reloj de cuerda que estaba sobre la repisa de la chimenea, y que resultaba un objeto precioso ante la escasez de pilas y demás artilugios modernos -. Salgo yo, pero que no se convierta en costumbre - dijo, antes de salir a cubrir su guardia.
Los muchachos se habían sentado en torno a la mesa de plástico, con rostros circunspectos. Sus edades oscilaban entre los veintiún y los dieciséis años, y aquella situación les desbordaba en muchos sentidos. Por suerte, su juventud les había salvado; los adultos tildaron de alarmista y fantasiosa la definición de "Apocalipsis Zombie", mientras ellos recolectaban armas y alimentos y hacían planes de evacuación.
Lamentablemente, ni todos los planes del mundo impidieron que gran parte de sus familias muriera durante el brote.
-Dan, ¿tienes fiebre o algo?
Su hermana miró a Lykaios entornando los ojos, como preguntándose a dónde quería ir a parar.
-No. Y no me siento mal. ¿Tengo las mejillas rojas, o algo?
-No, lo digo por el perro. Por si también tiene el virus.
Nilo se puso tremendamente pálido, recordando como el animal había lamido las mejillas de Dánae aquella mañana. Solo con que una gota de saliva le hubiera tocado el ojo, o la comisura de los labios, o alguna minúscula herida...
Dan miró a su perro, entre asustada e incrédula. El animal estaba tumbado al pie de la chimenea, y al notar tantas miradas inquisitivas sobre él, alzó sus pardos ojos con curiosidad.
-No sé si está infectado - comentó Dan, en voz baja -, pero creo que no deberíamos tocarlo más. Por si acaso. Y deberíamos matar a todos los gatos.
Todos estuvieron de acuerdo. Ya habría tiempo, más adelante, para decidir si mataban al perro o no, pero aún era demasiado pronto para enfrentar a Dan a aquella decisión. Sobre todo porque, si el perro estaba infectado, Dánae no tendría que decidir nada.
Porque en aquel caso, lo más probable era que ella también lo estuviera.

A pesar del riesgo que sabía que conllevaba, Nilo insistió en pasar también esta noche con Dánae. Y es que no iba a dejar de estar con ella en lo que podía ser su última noche como ser humano. Las protestas del resto del grupo fueron intensas, pero no duraron mucho. La expresión seria de Nilo hacía que sus decisiones respecto a si mismo resultaran inalterables, y todos sabían que su vida y la de su amante estaban ligadas. Cuando uno se fuera, la vida del otro también habría acabado. Y si ellos dos les dejaban, todo estaría cerca de irse a la mierda: todos en cierta medida eran imprescindibles, aunque habían tratado de evitarlo. Necesitaban estar juntos para mantener la estabilidad.
Dánae trató de que no se le notara, pero su gesto grave dijo a Nilo que estaba haciendo un esfuerzo titánico por contener las lágrimas. En cuanto la puerta que llevaba al garaje se cerró tras ellos y estuvieron a salvo de las miradas del resto, se desmoronó. Se sentó con la cabeza entre las rodillas sobre el jergón que habían preparado, y lloró como no lo había hecho desde que comenzó a llamarse a sí misma "superviviente". Nilo se acercó a ella con cautela y se sentó a su lado, procurando tener el mayor contacto posible con ella, que pronto se revolvió y escapó del abrazo de su amante, entre sollozos. El golpe anudó su garganta, y no se atrevió a acercarse más. La llamó con voz entrecortada, de niño asustado. Una voz que sólo ella había oído. A duras penas logró contestarle entre los sollozos y temblores que causaba el miedo.
-Déjame... ya estoy muerta - necesitó tomar aire y fuerzas antes de susurrarlo, para después hundirse aún más profundo entre sus rodillas.
Nilo se le acercó un poco, y trató de devolver racionalismo a la situación.
-No -trató de parecer decidido-. No tienes fiebre, náuseas, nada. No te has sentido mal en todo el día... no puedes estar infectada, pequeña. Todo esto es para que todos estemos tranquilos, ¿Vale? Mañana lo olvidaremos.
Confió en que ella no contemplara la terrible variabilidad, la posibilidad real de que alguien se transforme de un momento a otro sin haber presentado los síntomas. Pero ella había leído tanto como él, se había informado con sus mismas fuentes. Era un riesgo que ambos notaban en el aire, haciéndolo demasiado escaso.
-Mátame ya, por favor. Mátame -dejó de sollozar de repente, para mirar a su amante, a la persona con la que había prometido tener unos hijos preciosos, una vejez tranquila tras una juventud de aventuras. La persona a que se había jurado que haría feliz siempre.
Él perdió la poca seguridad que le quedaba al ver sus ojos. Bajo el cristal de las lágrimas, apenas quedaba más que un ligero brillo de melancolía hacia la vida que ya no podría tener, y un extraño sentimiento hacia él. Un amor lejano que no habían esperado hasta dentro de muchísimo tiempo, cuando juntos dejaran la vida al unísono. El brillo de los ojos de Dánae se despedía de él. Pero no podía aceptarlo, no podría hacer eso.
-No vas a dejarme... -balbuceó Nilo, mientras su alma se partía al ver el rostro de su amada cruzado por las gotas de luz lunar que se colaba entre las ventanas, como un mudo testigo de todo lo que no debería estar pasando.
-Por favor, no hagas que me convierta en eso. Déjame seguir en tu recuerdo como soy ahora, y no como a esa criatura a la que tuviste que reventar el cráneo a golpes.
Nilo no podía más. Todo era demasiado irreal. Absurdo, casi cómico, como una broma pesada. La realidad ya no lo era, y por temor a que fuera cierto, o quizá por esperanzas de despertar de una maldita vez, se levantó. Corrió hacia el banco de trabajo, agarró un cuchillo y de un seco movimiento se abrió la piel de la palma de la mano izquierda. El dolor físico calmó el emocional y le demostró que todo era real.
Dánae, al ver las gotas de sangre brillar al caer y salpicar sobre el suelo, olvidó todo lo que en realidad no era tan real para ella. Sintió que él volvía a tener catorce años, y sollozaba suavemente tras haberse hecho daño.
-Ven, mi vida... -Su voz, aunque sin fuerza, calmó a Nilo. Pronto sintió las manos de ella sosteniendo la suya, sus ojos escrutando la herida con esa mirada de curandera que había heredado de su bisabuela y tanto había visto en los últimos meses. Le miró y sonrió amargamente, con el gesto de una madre- no es mucho, pequeño. No es mucho.
Nilo volvió a sorprenderse, como siempre que pasaba algo así. Por muy mal que estuviera ella, siempre lo olvidaría si él la necesitaba. Siempre sacaría fuerzas para dedicarle una de esas sonrisas que le hacían sentir en casa y decirle que no era mucho, y buscar cualquier cosa para ayudarle.
Le preparó una infusión de malvarrosa y corteza de aliso en el hornillo a gas, y le limpió la herida con ella. Le calmaría el dolor, evitaría que la herida se infectara y ayudaría a que la sangre coagulara. Después, empapó un trapo en el líquido y vendó la mano con él, de forma que la herida se mantuviese cerrada.
Gracias al remedio -aunque él no pudo evitar pensar que era gracias al amor- el dolor remitió. Los dos amantes volvieron a sentarse en el jergón, pero esta vez relajados. Abiertos el uno al otro. Sin dejar de mirarse, sin hablar, se tumbaron juntos dentro del jergón, muy pegados.
-No puedes irte ahora, pequeña. Te necesito -su voz estaba más cargada de amor que de miedo-. Quédate... por favor - puso su cara de cachorro, confiando en que esta vez también funcionara, y Dánae no pudiera negárselo.
-Vale, me quedaré. Pero sólo contigo... Si tengo que irme, te doy permiso para que vengas conmigo -su voz juguetona hacía que eso pareciera una conversación sobre cosas muy lejanas a la muerte.
-Creo que eso ya iba a hacerlo -Nilo se rió amargamente- no lo tengo claro, pero es muy probable que si tú estás infectada yo también lo esté...
Ella estuvo a punto de preguntar el por qué, pero antes de que pudiera acabar la frase, él le plantó un dulce beso en la boca.
-Por eso.
-Oh... - Dánae entendió. No había leído que estuviera comprobado, pero se creía que era posible la transmisión de la infección en una fase temprana mediante un intercambio de fluídos como ese.
-¿Pero sabes qué? -ella puso su cara de gata curiosa, esperando la información- si la palmo por besarte, habrá perecido la pena igual -la besó de nuevo, y ella se revolvió, juguetona, antes de volver a tomar consciencia de su situación.
-¿Y si me transformo, y tú no? ¿Si te devoro?
-Lo tomaré como un gesto cariñoso -bromeó-. Dánae, si morimos, lo hacemos juntos. Habrá algo más, pequeña. Tiene que haber algo más. Y de todas formas, algo me dice que estamos sin virus, los dos.
Los dos se esforzaron por creerlo, y mientras Nilo la ataba de forma que pudiera dormir cómoda, con las manos sobre el pecho, se concentraron en que sólo era una forma de que los demás estuvieran más tranquilos. Tras hacer un comentario sobre lo extraño que le resultaba atarla sin ninguna otra pícara intención, Nilo se ató las muñecas a las de ella con una brida negra, de forma que podía simular un abrazo. Se besaron una vez más antes de cerrar los ojos, y poco a poco el sueño venció al miedo que ninguno de los dos se atrevió a volver a mencionar, por temor a encontrarlo bien justificado al escucharlo en voz alta. Al final, consiguieron dormir. Con fiebre o sin ella, con virus o sin el, con la posibilidad de volver a disfrutar con su amor o la de terminar con sus sesos esparcidos por todo el garaje. Fuera como fuera, durmieron.

A la mañana siguiente, tras una noche en la que nadie en el salón-comedor pegó ojo, una figura cuya altura se enmascaraba por lo encorvado de la postura surgió desde la rendija de la puerta, que se abría poco a poco, delante de unos ojos que miraban hacia la habitación donde los amantes dormían. Orión, con su fusil cargado en la mano, buscó a la pareja a través la rendija abierta en la puerta, con temor a encontrar a los dos colegas con los que había vivido tanto convertidos en bichos-come-cerebros. Los vio aparentemente dormidos , abrazados como siempre en su jergón. Se atrevió a entrar en el garaje para mirar más de cerca, y la mirada perdida de Dánae activó su acto reflejo de amartillar el rifle. El sonido pareció alertarla, y lo miró. Orión rogó en un segundo a todas las deidades de las que había oído hablar, pidiéndoles hallar una pizca de inteligencia, una mirada conocida en los ojos de su mejor amiga.
Algo que le dijera que no tendría que volarles la tapa de los sesos a ambos, y recordarles el resto de su vida como nada más que cuerpos muertos deseosos de devorarle.

  Licencia de Creative Commons
Apocalypse by Mª Gumiel & Óliver Sanz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

viernes, 15 de junio de 2012

Un Joven Piensa

Por la acera enmarcada de casas bajas de ladrillo rojo, camina un joven que dejó de ser niño hace algo más de nueve meses -aunque siendo justos, nunca se le pudo llamar así-. El viento fresco se abre camino entre el cálido ambiente, acariciando sobre sus piernas el pelo que sus vaqueros cortos no llegan a cubrir, y también despejando sus ideas. Él puede verlo todo: la miseria que se mueve hacia ellos lenta e imparable, como un cúmulo de nubes negras que ya asoma en el cielo. Huele la mecha de la pobreza en el ambiente, se parece a la pobreza misma que lleva junto a su ropa y el cuaderno donde escribe con letra muy pequeña, en su bolsa naranja; junto al bolígrafo barato -pero muy duradero, si se cuida bien- cuyo roce siente en el bolsillo derecho; y dentro de su camiseta blanca y entre el cabello negro enmarañado. Camina pensando en cómo se ha ido todo a la mierda, en donde dormirá esta noche -una jaula para personas-, y en donde lo harán todos los que sin saberlo se encuentran en la misma situación que él.

De repente, sin previo aviso siquiera del sonido de leves movimientos ni respiraciones humanas, escucha un grito sobre su cabeza, un grito de una familia entera. Celebran un gol, por supuesto. No hay nada más con lo que un ser humano vaya a emocionarse tanto como un triunfo en lo único que los que manejan los hilos de sus mentes quieren que vean. Fútbol: un buen entretenimiento, buen deporte, aumenta la sociabilidad, desarrolla la forma física de quien lo practica, mueve capitales que podrían terminar con unos cuantos problemas si cayeran en las manos adecuadas -no esas-, ciega a los ciudadanos y reduce su capacidad creativa a la tarea de imaginar un equipo formado por sus estrellas favoritas. Todo ventajas, piensa el joven de la bolsa naranja llena de la misma pobreza que llevan todos sus conciudadanos en sus mentes, mientras sigue caminando. Se asombra -casi se aterra- al ver en un patio a una familia entera reunida, con los clásicos manjares traídos desde las cocinas de todos sus miembros. Se apiñan ante la televisión, sin mirarse, sin hablar, con el único brillo en sus ojos proveniente del campo verde televisado. Como zombies. Al pensarlo, nuestro amigo se da cuenta de que al fin y al cabo su familia no es tan mala -al menos, tan mala como podría-. También viven en una jaula para personas, pero al menos los que también tienen una jaula para sus mentes las mantienen para ellos solos.

Por la acera enmarcada de jaulas para personas de ladrillo rojo, camina el joven que dejó de ser niño hace algo más de nueve meses -aunque siendo justos, nunca se le pudo llamar así-. El viento consuela la tristeza que causa lo que ve. Le recuerda a las caricias de su amante. Piensa en volver ya a su casa de familia de clase casi alta, con toda su pobreza a cuestas. Piensa que no está bien acostumbrarse, apegarse a lo que tiene. Según va todo, sólo hay una cosa que sabe que tendrá siempre. Y la verdad, es lo único que quiere, y al darse cuenta toda la pobreza que guarda dentro de sí mismo desaparece. Con el brillo de Luna en los ojos, sigue su camino, el que seguirá durante toda su vida, sonriendo.

Licencia de Creative Commons
Un Joven Piensa by Óliver Sanz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

martes, 12 de junio de 2012

Apocalypse II

      Dan estaba un tanto preocupada.
   Cuando vio a los tres jóvenes a través del los prismáticos, su primer instinto había sido ayudarles. Parecían simplemente tres chicos perdidos y bastante aturdidos, sin más medio de transporte que las bicicletas. Pero cuando vio cómo huían, sin preocuparse en absoluto de sus salvadores, ni de la chica rubia... que esa era otra. Aquella chica era estúpida, pero estúpida a un nuevo nivel hasta entonces desconocido. Parecía tener algún instinto de supervivencia, pues se había bajado de la bicicleta, pero por lo que decía, había vivido de la adoración y la sabiduría del tal "Raúl", que no había dudado en dejarla atrás cuando fue necesario, y ahora estaba allí, con ellos, tratando de ganarse la aprobación de Orión, el más accesible del pequeño grupo. A Dan, aquello le hacía pensar en una medusa dejándose llevar por la corriente; en cualquier caso, la habían salvado, y tendrían que hacerse responsables de ella.
    Sabía de sobra lo que pensaba Lena de aquello. La joven siempre había sido arisca y dura, cerrada en sí misma, solo abierta a sus escasos amigos. Desde la pérdida de sus padres y su hermano, vivía inmersa en la rabia y el odio, en un continuo volcán en erupción. Veía a la chica rubia (¿Paula, podía ser?) como un estorbo, otra boca que alimentar, que proteger, que transportar, que vestir, que adiestrar.
     Y el hecho es que eso era.
    Los baches del camino sin asfaltar provocaban vibraciones que subían como latigazos por la espalda de Dan, que recorría los lados del camino una y otra vez con la mirada, sin descuidar ni un centímetro del terreno. Solo vio un zombie, agachado en una cuneta, unos metros por delante de ellos; golpeó la cabina con la mano, y Orión redujo considerablemente la velocidad de la camioneta; cuando pasaron por delante, una flecha se hundió profundamente en la sien del zombie, y la camioneta volvió a acelerar.
   Tardaron veinte minutos en llegar a la finca en la que vivían. Consistía en tres hectáreas de viñedo y frutales, rodeadas por una alambrada que a todas luces habían colocado apresuradamente. La única entrada visible daba al camino, y consistía en una recia puerta metálica con un enrejado. Junto a ella había un chico moreno que sujetaba con descuidada precisión un fusil de francotirador. Tenía el pelo largo y desgreñado, recogido en una coleta en la nuca, y sus ojos verdes examinaron la camioneta con fría dureza. Les abrió la puerta justo a tiempo para que entrasen, y la cerró a sus espaldas, con rápidos y seguros movimientos. Era obvio que llevaban mucho tiempo haciéndolo así.
    Detrás de las verjas reinaba un extraño orden caótico. Era obvio que nadie se preocupaba de cómo crecían las plantas, pero las frutas de temporada (cerezas, melocotones, incluso alguna manzana) estaban cuidadosamente recogidas en cajas apiladas junto a la enorme puerta del único edificio de la finca, una nave pintada de blanco y rojo. La puerta, del tamaño suficiente para saliera un tractor, era plateada, o mejor dicho, lo había sido; varias capas de pintura marrón, de distintos tonos, habían cubierto su resplandor, que se adivinaba en las zonas en las que la pintura estaba arañada.
     Dan bajó de la camioneta de un salto, y un perro blanco corrió a saludarla. Era un chucho grande y de aspecto juguetón, que a juzgar por la suciedad enredada en su tupido pelaje, era callejero. Ella lo recibió con alegría, abriendo los brazos y ofreciéndole el rostro para que se lo lamiera.
    Orión, Lena, Nilo y Paula bajaron de la camioneta, y Lena se dirigió directamente al interior de la nave. Al abrir la puerta pequeña que estaba incrustada en la gigantesca puerta plateada, varios gatos salieron al exterior, maullando.
    -¿Por qué tenéis tantos gatos? - dijo Paula, mirando sorprendida su entorno; había más de diez gatos.
   -Mantienen esto libre de ratas y ratones - explicó Orión -. Dado que aún no sabemos si esos bichejos pueden transmitir la enfermedad, es una medida aconsejable.
     -¿Enfermedad?
    -Enfermedad, infección... llámalo como quieras. Si te cogen, estás muerta - dijo otra voz. Un chico de mediana estatura, apretados rizos castaños y aspecto distraído salía de la nave, mirando fijamente a Paula -. ¿Esta quién es, chicos?
     -Dánae los vio a ella y dos amiguitos suyos con los prismáticos mientras íbamos al pueblo a hacer una incursión alimentaria, y fuimos a echarles un cable, diez zombies los tenían rodeados - replicó Nilo, con un suspiro.
     -O sea, que por esta chavala yo me he quedado sin ramen.
    Nilo se encogió de hombros y, cogiendo a Dan por la cintura, la llevó al interior de la nave. Paula se quedó allí de pie, sin saber cómo comportarse; miró a Orión buscando ayuda, pero este se había alejado unos pasos de ella y estaba meando contra una encina. Turbada, Paula bajó la vista al suelo, donde un gato pelirrojo se enroscaba entre sus piernas.
    Con una sonrisa, la chica se agachó para cogerlo en brazos, pero el animal respondió con un bufido y le tiró un arañazo. Paula se puso en pie aferrándose la mano para detener la pequeña hemorragia, con lágrimas en los ojos.
    -No son mascotas - le advirtió la voz de Dan, y Paula levantó la vista, para volverla a bajar al segundo, más sonrojada que antes incluso; la joven morena salía en ropa interior de la nave, y Nilo la seguía, en el mismo estado. La joven soltó una rápida carcajada -. Acostúmbrate, mojigata. Somos seis, ahora siete, personas viviendo en un espacio muy reducido. No hay duchas, ni dormitorios; solo la manguera con agua del pozo, y ahora en verano, la piscina hinchable que tenemos ahí detrás - dijo, señalando a la parte trasera de la nave con el pulgar extendido -. Por cierto, si necesitas ir al baño, sigue el ejemplo de Orión. Si es más, te alejas un poco con la pala, haces lo que sea y lo entierras, que no quiero sorpresas, ¿entendido?
    Paula asintió. La chica la miró con el ceño fruncido, cosa que, con la cicatriz de su ceja, resultaba realmente extraña.
     -Escúchame bien. Estamos en plena epidemia, no es momento para recatos. Se trata de seguir con vida, y no te ofendas, pero no tienes nada que no hayamos visto ya. La higiene siempre es importante, pero en una epidemia, aún más, y no voy a tolerar, y mi hermano tampoco - dijo, señalando a la puerta, donde el joven del pelo largo seguía montando guardia -, que traigas ninguna enfermedad ni ningún problema a esta finca. Ha sido de nuestra familia durante generaciones, y tengo intenciones de que siga siéndolo - acabó, cortante.
     -Eh, Dan - intervino Orión, con aquel tono conciliador -, déjala respirar un poco, ¿quieres?
    -¡Cállate, militroncho! ¡Es menos de lo que se merece ! - se oyó la voz de Lena desde el interior de la nave. Dan soltó una rápida carcajada, dirigiendo una mirada divertida a la destrozada camisa militar que Orión exhibía con orgullo desde antes del apocalipsis. El chico sacudió la cabeza, murmurando entre dientes, y Dánae se alejó con Nilo, que había contemplado el enfrentamiento con una media sonrisa de diversión, hacia la parte trasera de la nave, donde estaba la pequeña piscina, a la sombra de un hermoso álamo.

     Se acercaron entre empujones cariñosos y risas a la piscina azul. Después de que Nilo salpicara a Dánae, ella le tiró de un empujón al agua, que parecía el último reducto de frescor que quedaba en el mundo. Empapada por la onda que creó Nilo al caer al agua, entró al tiempo que él se frotaba los ojos. Acechó como una gata y se le tiró encima en cuanto la miró. Le tumbó de nuevo, y se sumergieron con un beso en el agua que de pie les llegaba por la cintura, suficiente para que pudieran retozar felices y olvidar por un rato el afán de supervivencia. Sin estos momentos ya se habrían vuelto locos.
     Nilo emergió del agua que brillaba como un negativo del resto del universo y apoyó la cabeza en el borde de plástico hinchado de la piscina. Dánae no tardó en acercársele con caricias y una sonrisa pícara que sabía que lo volvía loco. Se acurrucó junto a él, y abrazados contemplaron sin decir una palabra el inmenso azul del cielo. Esperaron a que su imaginación floreciera, y comenzaron a sacar parecidos a las pequeñas nubes que lo tildaban. Era algo reconfortante, divertido, y les ayudaba a abstraerse. Rápidamente en los labios de Nilo surgió la sensación que ambos sentían.
     -Es inquietante cómo, aunque la raza más avanzada del planeta está al borde de la extinción, todo sigue igual - las palabras fluyeron desde su garganta con la facilidad que da la embriaguez de la belleza - es todo exactamente igual: El agua, el cielo, las nubes...
     -El amor - le cortó Dan; Nilo asintió con una sonrisa - pero tú no eres igual... ahora estás más bueno - ella le sacó la lengua con la misma broma que repetía desde que empezaron a "matar" zombies.
     -Déjame adivinar, todo esto ha merecido la pena solo por que yo saque músculo, ¿Verdad?
     Ella estuvo a punto de asentir y seguir con su juego, pero justo antes de hacerlo recordó todo el dolor que había visto y sufrido, y sólo pudo abrazarse con más fuerza a su amante, tratando de ahogar la pena entre su piel, su calor, y el frescor del agua.

     Entre tanto, Orión le mostraba a Paula lo poco que había que ver de la finca. La nave estaba compuesta de tres salas principales; una enorme, sin sotechado y con suelo de hormigón, muy amplia. Las estanterías que cubrían los laterales estaban divididas por su contenido, en dos tipos; las de la izquierda, estaban llenas de armas diversas, y había una mesa de herramientas y un generador situados juntos. Las de la izquierda estaban a rebosar de latas de conserva y demás alimentos sellados herméticamente, e imperecederos. Había varias garrafas cortadas de tal manera que servían como bebederos para los gatos en el suelo, junto a la puerta. La pared del fondo de esta primera sala, que parecía que antiguamente fue un garaje, estaba cubierta de armarios donde, según le dijo Orión, se hacinaba ropa para el invierno.
    A la segunda sala se accedía a través de una puerta que estaba casi escondida entre los armarios. En ella había una pequeña cocina con lo básico (una fregadera, armarios para la vajilla, un hornillo eléctrico) y una chimenea. También había una mesa de plástico, con sitio para seis personas, del tipo de mesas que la gente ponía en sus terrazas antes de la plaga, y varios jergones en el suelo. Aquella sala estaba mucho más iluminada, por cuatro ventanas enrejadas que dejaban entrar la luz del verano, el suelo estaba cubierto de baldosas de barro y el techo tenía un sotechado de tablas. La diminuta estancia que quedaba entre el sotechado y el auténtico techo era lo que Orión denominó como "el desván", donde al parecer se amontonaban los trastos que Dan y Lykaios, su hermano, no habían querido tirar.
   -¿Realmente se llama Lykaios? - preguntó Paula, pero Orión simplemente se encogió de hombros.
   -¿Eso importa algo?
   A través de las ventanas se veía la pequeña piscina, y las siluetas de Dan y Nilo, muy juntos y hablando en voz muy baja.
   -Aquí no hay intimidad, ¿verdad? - preguntó Paula, casi angustiada. Orión se encogió de hombros.
  -Todos éramos más o menos amigos cuando llegamos aquí, así que tampoco nos supuso un problema grave. Bueno, fue complicado irnos desnudando como zorras unos delante de otros, pero Dan y yo, por ejemplo, somos amigos desde hace tiempo; no había nada nuevo que ver. Dan y Lykaios son hermanos... no sé, los demás son todo tíos. Lo peor fue cuando Dan y Lena empezaron a andar por ahí casi en bolas, era un continuo "no las mires, no las mires, no las mires", y cuando me acostumbré "mírala a los ojos, mírala a los ojos, mírala a los ojos" - explicó Orión, seguramente intentando hacerla reír, pero Paula ni siquiera dejó escapar una sonrisa.
   -No sé si yo podré hacerlo.
    Lena pasó a su lado en ese momento, dedicándole una mueca burlona.
   -Piensa qué prefieres conservar, si el misterio acerca de qué escondes entre tus piernas, o la vida. A mí, personalmente, me importa una mierda lo que decidas.
    Ese último comentario fue para Paula como la gota de pus que hizo rebosar el vaso. Se puso de un color pálido verdoso y Orión tuvo que sujetarla para que no cayera al suelo. La acompañó hasta el garaje y le preparó un jergón, para que descansara. El resto estarían limpiando sus armas en el comedor.
     Ella tenía mucho frío, aunque parecía que Orión no lo sentía, pues llevaba abierta su camisa militar dejando ver que el único vello que tenía en el pecho estaba bajo su ombligo. Paula se metió tan rápido como pudo en el saco, pero la tela también estaba fría. Menos su piel, todo lo estaba. Se abrazó a sí misma tratando de retener el calor, estaba sudando. Las náuseas le indujeron poco a poco en un estado de agónica duermevela, hasta que todos sus pensamientos callaron.
     Cuando Paula entró en el saco, Orión fue al encuentro de los demás. Todos estaban sentados, con la cabeza baja y ensimismados en el mantenimiento de sus respectivas armas. Desde el principio Nilo había insistido en que había que cuidarlas y revisarlas diariamente, tratarlas como a seres vivos. Así garantizarían que ellos lo siguieran siendo el máximo tiempo posible.
     Dan estaba revisando que el filo de su hacha de una pieza seguía intacto, y comprobaba la fijación de la cabeza del martillo al mango. Lena engrasaba cuidadosamente las piezas móviles de la ballesta que Nilo le había regalado, y él acariciaba con cariño su pala-shaolin, bastante más compleja que el simple palo que creyó ver Paula. Estaba formada por una vara de aproximadamente un metro ochenta de largo coronado en un extremo por un agudísimo filo en forma de media luna, cuyos extremos parecían los cuernos de un toro esperando para embestir. En el lado opuesto, otra afilada pieza de metal con forma de pala. Aquel arma parecía estar hecha para decapitar zombies, también servía para cavar y atrancar puertas, y compensaba con creces el entrenamiento que requería. Nilo no tardó en conseguir una en cuanto la enfermedad comenzó a extenderse, al igual que hizo con su segunda ballesta (que ahora utilizaba Dánae), regalando la antigua a Lena, cuyo físico no le permitía enzarzarse en combates cuerpo a cuerpo.
     Damián estaba ocupado con su pequeña lanza-maza, que tenía una fina punta, y otras dos más gruesas cruzadas transversalmente que le permitían asestar un golpe lateral en la sien de los no-muertos. Orión no pudo evitar fascinarse una vez más con sus tupidísimos rizos castaños antes de ir a por su fusil semiautomático M1 y sentarse a su lado, con el arma en las rodillas. Volvió a entristecerse al recordar a su padre, que le enseñó a disparar con esa misma arma cuando aún era pequeño. Tras acariciar la suave madera clara del cuerpo del arma comenzó a desmontarla, recordando las lecciones de su padre. Limpió cuidadosamente cada hueco entre piezas y engrasó las partes móviles, quitando el exceso de lubricante con la ayuda de un trapo. Antes de que pudieran terminar el trabajo, el sonido de un teléfono por satélite les sacó de la profunda concentración que algunos sólo habían experimentado limpiando los objetos que les mantenían con vida. Lykaios había visto algo.
     Todos salieron rápidamente con las armas que tenían preparadas de la mano. Paula despertó de su sopor cuando Damián le pasó por encima con su pequeña lanza en la mano, ignorando su presencia. Alarmada por su prisa, se levantó apresuradamente, y el dolor de cabeza que sintió al cambiar de postura casi la hizo caer de nuevo. Se movió a duras penas entre la semioscuridad del garaje, y la escena que vio entre las sombras del anochecer hizo que se le cayera el alma al suelo. No pudo evitar gritar cuando su mirada se cruzó con la de Lorena, la amiga que creyó no volver a ver.
    Estaba entre sus nuevos "compañeros", que se apiñaban a su alrededor. Desde el otro lado de la verja pedía auxilio, agarrándola con ambas manos. Las tenía empapadas de sangre, y a una de ellas le faltaban la mitad del corazón y el anular. El índice estaba colgando del hueso roto, como la declaración de que hace poco aquello era una mano sana. Nilo pensó que habría tratado de alejar a un zombie de un empujón, y el no-muerto había conseguido morderla. No le gustaban este tipo de situaciones: siempre era deprimente tener que hacer ver a alguien que ya estaba muerto. Sobretodo si sabes que tú podrías ser quien está suplicando tras la verja.


Licencia de Creative Commons
Apocalypse by Mª Gumiel & Óliver Sanz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

lunes, 11 de junio de 2012

Venganza

Tú que naces, venganza,
de las raíces de la tierra,
creces entre mis piernas
y ahogas mi plexo solar;

deja a tu pobre presa,
que no quiere saber ni piensa
sobre el origen de tu mal.

domingo, 10 de junio de 2012

Apocalypse I

     Era un día de verano realmente tórrido. El sol se desplomaba sin piedad sobre los campos de cereal, secos y descuidados, sobre las encinas y los pinos,  sobre el camino de arcilla y sobre los tres jóvenes que avanzaban por él, montados en tres bicicletas de montaña y conversando en voz baja.
     La elección del vehículo había sido la más lógica; era silencioso. El mayor de los tres muchachos, un chico de unos veintitantos, con el pelo castaño claro, casi rubio, ojos verdes y una barba de tres o cuatro días, estaba muy satisfecho con su conclusión; si no les oían llegar, no les atacarían. Los seres a los que la gente llamaba "caminantes", "no-muertos", "infectados", "devoradores" y otros eufemismos - todo con tal de evitar la palabra "zombie", que los científicos se habían esforzado en descalificar desde el principio de la epidemia - eran asombrosamente estúpidos, y no parecían ver demasiado bien. Raúl estaba absolutamente convencido de que las bicicletas les evitarían encuentros incómodos.
     Sus compañeras de viaje, una chica rubia de grandes ojos castaños, bastante estúpida e ignorante, pero que, por motivos que Raúl no entendía, estaba enamorada de él y le proporcionaba diversión por las noches, y una joven algo mayor de pelo negro y rizado y ojos siempre entrecerrados, puesto que había perdido sus gafas, parecían bastante alegres, para encontrarse en el centro de lo que los más extremistas denominaban "Apocalipsis Zombie".
   Nadie sabía muy bien dónde estaba el origen de la plaga, ni qué la provocaba. Los alarmistas estadounidenses, como de costumbre, proclamaron que se trataba de un ataque terrorista con armas bacteriológicas, aunque pronto quedó claro que, de serlo, se trataba de un ataque suicida; no había forma de controlar aquel supuesto virus.
    Otros apuntaban a un compuesto creado en laboratorio, pero en este caso, por los fans más desquiciados de la llamada "moda zombie", que había causado furor durante los años y meses previos al veintiuno de diciembre del 2012; esa fue la fecha, tal vez dedicada al calendario maya para darle más dramatismo, en la que los representantes de la ONU admitieron que la plaga estaba fuera de control y estalló el pánico general.
       Unos cuantos ecologistas habían pregonado que, la Madre Naturaleza, en su sabiduría, había decidido eliminar por extinción a la especie que mayor carga suponía para el planeta: la humana. Se suponía que el virus era algo natural, y el hecho es que solo afectaba a la raza humana.
      Incluso las diversas Iglesias de la época habían anunciado diversos apocalipsis; sin ir más lejos, una secta francesa había protagonizado un suicidio colectivo, bajo el lema de: "Les vautours n'ont pas leur place au paradis."("Los devoradores no tienen lugar en el paraíso.")
       No eran los únicos; mucha gente había preferido el suicidio a la posibilidad del contagio, incluidos los padres de Lorena, la joven morena de pelo rizado que seguía a Raúl a todas partes. Tanto ella como Paula, la chica rubia, lo adoraban, y eso a Raúl le parecía mejor que bien; además, era lógico que lo adorasen, pues él era inteligente, guapo y sobre todo, un superviviente. Todavía no tenía claro a cuál de las dos jóvenes prefería; Paula era más guapa, pero demasiado joven e inexperta; Lorena, a pesar de ser bastante más fea, follaba mucho mejor, y en su madurez había atractivos de los que Paula carecía por completo.
     Estaba pensando qué hacer aquella noche, cuando vio al primer devorador. Estaba a unos cuatro metros, y los miraba con la cabeza ladeada, probablemente porque tenía el cuello roto. La mitad de su cara pendía de su cuello con colgajos pálidos, y sus ojos velados los miraban con una chispa de aviesa malicia, de inteligencia animal. Desde donde estaban, podían verle los dientes partidos en las mandíbulas descarnadas, y las costillas se vislumbraban entre jirones de ropa y piel.
     No era una visión agradable.
    -Tranquilas, chicas - les recordó Raúl, con aquel tono de voz pausado -. No nos atacará si pasamos de largo. No le miréis, no aceleréis. Vamos, tranquilas. Que no vea que podemos tenerle miedo. Que no piense que somos potencial alimento.
     Paula, aterrorizada, pensó que era difícil que aquel ser pudiera identificarlos como alimento o no, pero no dijo nada. Obedeció a Raúl, con la cabeza baja, tratando de no mirar al repugnante ser. Claro que había visto devoradores antes, pero desde el coche, no desde una absurda bicicleta. La falta de sonido no había impedido que el devorador los detectase, y por un instante, la joven maldijo a Raúl y su estúpido ingenio.
    Los devoradores no solían ir solos, y Lorena lo sabía. Intranquila, miró hacia atrás; Paula apenas iba unos pasos por detrás de ella. La chica se había unido a su reducido grupito poco después que ella, pero entre las dos había un abismo. Lorena ya se acostaba con Raúl cuando Paula llegó, y fue insoportable verse desbancada. A pesar de todo, se comportó bien con la otra chica, con una especie de camaradería que derivó en amistad.
    O eso creía Paula, claro.
   Pronto, Lorena vio dos devoradores más. Tuvo la sensación de que se estaban adentrando en una zona peligrosa, una de aquellas donde los devoradores campaban a sus anchas, devorando todo rastro de vida que quedaba, impresión que se vio confirmada por el hedor reinante, cada vez más intenso.
  -Deberíamos dar la vuelta - susurró, y Raúl asintió sin decir nada. Lenta, muy lentamente, giraron las bicicletas en el camino y se dirigieron de nuevo hacia el oeste. El problema era que ahora el sol les daba de cara, y no conseguían ver bien.
   Paula no se atrevía a abrir la boca, apenas a respirar. Cada vez más devoradores aparecían a ambos lados de el camino, cada vez más cerca, con aquellos rostros pálidos y destrozados, miembros rotos o arrancados, miradas veladas que seguían la trayectoria de las brillantes bicicletas bajo el sol. "No necesitan correr para atraparnos" constató la chica, aterrorizada, al darse cuenta de que los devoradores los tenían casi acorralados. Tuvo el impulso de acelerar, pero Raúl no había dicho que lo hicieran, y ella no quería dejar al joven atrás. Lo quería demasiado.
    Supo que iban a morir cuando vio a cuatro devoradores bloqueando el camino delante de ellos. Frenó en seco y miró hacia atrás, y vio que al menos seis más los seguían lentamente por el camino, mirándolos con los ojos vacíos, avanzando inexorablemente. El cerco se había cerrado, y Paula sabía que no podían salir de allí con vida.
    Los cuatro devoradores los miraban con sus ojos vacíos y muertos. Había una mujer con hebras de cabello, tan apelmazado de sangre y suciedad que no se podía saber el color, aún pegadas a su despellejada cabeza. No tenía labios; Paula había oído que, en ocasiones, los devoradores llegaban a comerse sus propios miembros, sin ser apenas conscientes de lo que hacían, o tal vez otro devorador lo había hecho por ella; no importaba. Su rostro inexpresivo no se apartaba de los tres jóvenes, y Paula maldijo a Raúl y sus ideas por primera vez en mucho tiempo, ya que si tuvieran un coche, podrían arrollar a aquellos repugnantes seres y seguir adelante.
    -¿Qué hacemos, Raúl? - preguntó Lorena, con el pánico impreso en la voz. Estaban a unos cuatro metros de los devoradores que se interponían en su camino, y los de detrás no dejaban de avanzar. Las cunetas del camino les impedían enfilar las bicicletas hacia allá; la única salida era correr.
    Raúl no dijo nada, y Paula decidió, por primera vez desde que lo conocía, tomar la iniciativa. Tal vez podría, incluso, salvarle la vida. Pasó una pierna por encima de la bicicleta y se aposentó en el suelo; cuando estuvo lista para correr, miró a Raúl y Lorena, que la miraban con el desdén impreso en la cara. ¿Qué demonios les pasaba? ¿Iban a esperar a morir, sin más?
     De pronto, un objeto alargado y negro impactó en las piernas de los cuatro devoradores, derribándoles de espaldas, y siguió deslizándose hasta quedar a pocos centímetros de la rueda delantera de la bicicleta de Raúl; Paula observó, asombrada, que era una reluciente moto negra, y por el modo en que giraban las ruedas, diría que acababan de apagar el motor; lo sorprendente era que no la hubieran oído llegar.
    No tuvo demasiado tiempo para pensar en la moto; un muchacho, bajo y esbelto, entró en escena. Llevaba un hacha pequeña en una mano y un martillo en la otra, y las manejaba con la destreza de los que llevaban entrenándose para ello desde que se anunció que la plaga había escapado al control de las autoridades. Se dirigió directamente a los cuatro devoradores que estaban en el suelo, aún poniéndose en pie; llevaba un casco de moto, negro y reluciente, y sin mediar provocación estampó un cabezazo en la frente de la devoradora, que ya se había puesto en pie. Un brutal caída de su hacha, de arriba a abajo, reventó a la mitad la cabeza de otro devorador, y sin desperdiciar un movimiento, la alzó a través de la mandíbula de otro. El último devorador se acercó a él; era más alto que el muchacho, y lo abrazó desde atrás, estampando sus dientes en el reluciente casco negro. El chico dio un cabezazo brusco, reventando las mandíbulas del devorador, a la vez que tiraba una patada hacia atrás; cuando el ser lo soltó, giró en redondo, dibujando un arco con el martillo.
    La cabeza del devorador estalló como si se tratase de una sandía, salpicando de sangre el casco del muchacho.
    El chico se giró, y Paula pensó por un momento que la miraba a ella, hasta ver que miraba más allá, detrás de ella, donde otro muchacho, algo más alto y musculoso, peleaba con una barra de hierro de punta afilada contra los seis devoradores que los habían atacado por la espalda. También llevaba un casco, solo que el suyo era azul, y había acabado ya con cuatro devoradores, al igual que su compañero de casco negro. Este último corrió a auxiliarle, blandiendo el hacha casi con alegría, pero para cuando llegó a su lado, el muchacho de casco azul había atravesado con su extraña arma la cabeza del sexto devorador, metiéndole la barra de hierro por un ojo y sacándosela por lo alto del cráneo. La sacudió casi con desdén, y el devorador cayó al suelo, inerte.
     Fue en ese momento cuando Paula se dio cuenta de que sus compañeros habían desaparecido.
    Los dos muchachos se inclinaron a limpiar sus armas con la arena del camino. Paula había oído rumores acerca de que la plaga se transmitía a través de la sangre y las mucosas, y no cabía duda de que aquellos dos les daban crédito, a juzgar por lo concienzudamente que limpiaban las armas.
    El chico del casco negro se acercó a ella y levantó un poco el visor.
    -¿Hay más? - preguntó, con voz áspera, ronca, imperiosa... e indudablemente femenina. Desde el interior del casco la observaban unos ojos ligeramente rasgados, de un color castaño claro sorprendente. Una cicatriz partía la ceja derecha, y lo poco que veía de su rostro parecía salvaje, tosco, rudo.
    -¿Más qué?
    -Zombies, ¿qué mierda va a ser, niña?
    Paula bajó la vista, avergonzada. El chico del casco azul, unos pasos más allá, reventaba una a una las cabezas de los devoradores, como para asegurarse de que no volvían a levantarse.
    -No lo sé - respondió, y la otra chica resopló -. Creo que no - se apresuró a añadir, y la otra asintió.
    -Vale. ¿Qué vas a hacer ahora?
    La chica, angustiada, miró a su alrededor. No había ni rastro de Lorena, ni de Raúl. Habían dejado allí tiradas sus bicicletas... y a ella.
    -No lo sé - dijo, angustiada. La chica del casco negro volvió a resoplar. El otro muchacho se acercó a ellas y miró a Paula de arriba a abajo, evaluándola.
    -No podemos dejarla aquí, Dánae. La matarán en unos... ¿diez minutos?
   -En mi moto no cabe - gruñó la llamada Dánae, con una mueca adivinándose en sus ojos almendrados. El otro chico se encogió de hombros.
    -Llama a Orión y que traiga el coche. 
   -Llámale tú, tú tienes el teléfono - masculló la joven, arrodillándose junto a la moto negra. La puso en pie con delicadeza y acarició el depósito de gasolina, donde se veían tres largos arañazos en la pintura negra -. Mierda, me llevará siglos volver a encontrar pintura del mismo tipo.
    -Venga ya, Dánae. No le hemos salvado la vida para dejarla aquí tirada, ¿no?
    -Vale, vale. Llámale, yo voy a ver si esto ha quedado muy mal.
    -Es un truco fantástico - comentó el chico del casco azul, mientras sacaba un teléfono móvil vía satélite de el bolsillo -. Nos costó mucho conseguir dos de estos, pero son necesarios, ahora que los móviles normales no funcionan - explicó, ante la mirada atónita de Paula -. No sé cuánto nos durarán estos, pero cuando se estropeen, espero que podamos apañarnos con walkies. ¿Orión? Sí, ha salido bien. Donde te dijimos. Sí. A una de las chicas. Sí. Sí, venid. Vale. Hasta ahora.
  -¿Qué es un truco fantástico? - preguntó Paula. El chico del casco azul no respondió; aunque en un principio había parecido más amistoso que Dánae, al final parecía ser solo la adrenalina del momento, pues, incluso a través del visor del casco, comenzaba a aparecer ensimismado y distante.
   -Poner la moto en punto muerto, derrapar y saltar a tiempo de no romperte nada - respondió Dánae, con tono ácido -. No es muy recomendable si quieres que una moto te dure, y después de lo que me ha costado modificar el motor de ésta para que no haga ruido... ya puedes estar agradecida, niña.
    Paula bajó la mirada, avergonzada. No tenía muy claro qué decir, pero por suerte, una camioneta llegaba en esos momentos. Pasó por encima de los cadáveres de los devoradores sin ningún recato y se detuvo a pocos palmos de Dánae y su moto.
   -¡Orión, atropéllame la moto y te atropello la cabeza! - gritó Dánae, pero su tono sonaba bastante más amistoso que hasta entonces.
   -Vale, vale - replicó a gritos una voz desde dentro -. Me he sacado el carnet en medio de un apocalipsis, ¿Cómo quieres qué conduzca bien?
   -¿De qué jodido carnet hablas? - dijo Dánae, riéndose.
  -A eso me refiero - replicó el llamado Orión, mientras Dánae rodeaba la camioneta con su moto y comenzaba a subirla en la parte de atrás, que estaba descubierta. 
   El otro chico se acercó a ayudarla, y Paula se quedó allí, plantada frente a la camioneta, sin saber qué decir. La ventanilla del conductor se bajó lentamente, y reveló a un chico de pelo rizado y ojos marrones que la miraba con curiosidad.
   -¿Qué coño haces con una bicicleta en medio de un apocalipsis zombie? - preguntó, pero su tono no era tan duro como sus palabras, y parecía más amistoso que los otros dos. Paula le dedicó una sonrisa nerviosa, dándose cuenta de que hasta entonces no había sido consciente de que seguía aferrándose al manillar con todas sus fuerzas. Lo soltó de golpe, y la bicicleta cayó con un ruido metálico.
   -Fue idea de Raúl.
   -¿Raúl? ¿Y quién mierda es Raúl, el profeta?
  -Debe ser el tipo que iba con ella y la otra chica cuando las vimos. Salieron corriendo en cuanto aparecimos Nilo y yo y la dejaron ahí tirada.
   -Mala suerte, rubita - comentó Orión -. Deberíamos irnos, chicos - dijo, poniéndose más serio -. No sé cuánto tardarán en aparecer más, pero deduzco que habéis armado jaleo.
  -Solo el que hacen las cabezas al reventar - replicó el que respondía al nombre de Nilo, mientras se quitaba el casco azul, revelando unos grandes ojos marrón chocolate, un corto cabello negro, ondulado y áspero, y unos labios gruesos,  y subía a la parte trasera del vehículo -. Vamos, rubia. Dánae irá detrás con su adorada moto.
  -No te pongas celoso - replicó Dánae, sacándole la lengua con picardía. Ella también se quitó el casco, revelando un cortísimo cabello negro, que se encrespaba puntiagudo en todas direcciones, y un rostro ovalado de firmes mandíbulas. Tenía un cierto aire oriental, turco o libanés. 
   Saltó a la parte de atrás de la camioneta, con una ballesta en las manos.
   Paula subió en el asiento de atrás con Nilo, y descubrió que en el asiento del copiloto había sentada una chica, todavía más baja que Dánae y con el pelo aún más corto. Llevaba una banda de tela atada en la frente, seguramente para retirarse el pelo de los ojos, y la miraba torvamente.
   -Bravo, Nilo, Dan, Orión. Otra boca que alimentar. ¿Qué mierda se supone que vamos a hacer con ella?
   -Cálmate un poco, Lena, ¿quieres? Que ha estado a punto de morir - le recriminó Orión, con un suspiro.
   -Y se lo había buscado - masculló la llamada Lena, pero no dijo nada más.
   -¿Cómo nos habéis encontrado? - preguntó tímidamente Paula. Orión sonrió mientras arrancaba el motor.
   -Estamos en pleno verano, con un sol que mata. Los radios de vuestras bicicletas brillaban como faros, Dan vio algo, miró con los prismáticos y nos acercamos a echaros un cable. Ella y Nilo se adelantaron.
   -¿Por qué? - preguntó Paula, sorprendida.
   -¡Porque no había ninguna necesidad de que muriéramos todos! - gritó Dan desde atrás, con aquel tono torvo que Paula empezaba a entender que era habitual en ella. La joven rubia asintió, pensativa. Orión sonrió.
   -Bueno, ya nos conoces a todos, ¿no? A mí me llaman Orión, por motivos de antes-del-apocalipsis. Esta de aquí a mi vera es Lena, abreviatura de...
   -Dilo en alto y te decapito - masculló la chica del asiento del copiloto, pero eso solo ensanchó la sonrisa de Orión.
   -... María Magdalena. A tu lado, Nilo, sus padres tenían un gusto extraño con los nombres...
   -¡A mí me gusta! - protestó Nilo a su izquierda, pero Orión sacudió la mano como quitándole importancia al comentario. Paula se asustó al verle soltar el volante, cuando antes había dicho que no sabía conducir demasiado bien, pero pronto quedó claro que era una broma entre ellos; el chico se manejaba perfectamente.
    -... y detrás, con su moto y la ballesta, que por cierto no es suya si no de Nilo, tienes a Dánae, que parece una jodida borde pero en realidad es un pedazo de pan, ¿a que sí, Dan?
     -¡Pan duro y muy quemado, Orión! - replicó la chica, pero su tono era jocoso. 
   Paula pronto se dio cuenta de que el motor de la camioneta apenas hacía ruido, y dedujo que Dan también lo había modificado, como al parecer había hecho con el de la moto. Nadie dijo nada durante cinco minutos; Lena seguía con la vista fija en el horizonte, Orión parecía muy feliz conduciendo a una velocidad temeraria y Nilo se había repantingado en el asiento, y parecía estar quedándose dormido.
     -Oye, Orión - dijo, dirigiéndose al que más amistoso parecía de los cuatro -, ¿a dónde vamos?
   -Verás - explicó Nilo, a su lado -, ahora mismo aún no está claro si lo más recomendable ante esta situación es moverse o atrincherarse. Como aún no lo tenemos claro, tenemos un refugio en lo alto de una de las lomas, en una finca que da la casualidad de que pertenece a la familia de Dánae. Hasta ahora nos va bien allí, pero últimamente esto se está llenando de zombies. De momento vamos allá, luego ya veremos.
    Paula asintió, con un suspiro. Su mundo acababa de descolocarse por completo, pero, al menos, estaba a salvo. Por un instante, pensó con nostalgia en Raúl y en Lorena, que se habían ido solos por aquellos campos que, según Nilo, se estaban llenando de zombies.
   Casi sintió lástima por ellos.
   Casi.

Licencia de Creative Commons

Apocalypse by Mª Gumiel & Óliver Sanz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.