miércoles, 28 de agosto de 2013

Realidad

Esa última etapa de mi vida fue intensa, y salí de ella como quien abandona el palco de un teatro tras una buena tragedia. Fue esa clásica historia en la que los amantes viven un idilio apasionado y perfecto, llena de sueños, esperanzas y los típicos planes que dos jóvenes tienen como futuro perfecto, hasta que ella duda de la historia que ha creado, conoce a otro, comienza a hablarle de amor entre susurros, para que su compañero, ahora un lastre, no lo oiga. Ella sólo ruega por un error de él para poder repudiarlo. Uno de esos muchos fallos del hombre enamorado: la evasión de la realidad, el deseo excesivo, la posesión, los celos injustificados, etc. Y aunque en estas historias los celos nunca son por nada, ya que el joven puede llegar a ser mucho más perspicaz de lo que parece, a ojos de los demás siempre serán un error; e incluso ante su pareja infiel, que llegará a creerse sus propias mentiras. Y así la emotiva y apasionante historia de amor que ocupó gran parte de la obra se trunca en un tropiezo entre lágrimas y mentiras, tras el cual no sabes muy bien quién eres, dónde estás, o qué narices se supone que vas a hacer ahora.

Y así estaba yo hace un momento, sentado en la acera frente al teatro, con mi mente perdida en la desazón que mi asistencia a la representación de esa obra me había causado, mientras mis ojos paseaban entre los grupos de gente bien vestida que comentaba la obra en el café, sin prestarles demasiada atención. Tras pasar muchas noches heladoras y días aún más fríos allí sentado, observando sin atención a aquellas damas y caballeros que entraban y salían del teatro tan panchos, sin que las tragedias a las que asistían trajeran más consecuencia en ellos que una agradable conversación sobre su trama, acompañada de un brandy, un café o una taza de chocolate caliente, decidí que había algo que debía aprender de su despreocupada conducta. Presté en cada segundo un poco más de atención, dando todo lo que podía en la observación, pero aun así sin esforzarme.  Vi cortos gestos de una desazón parecida a la mía abandonar sus rostros tan pronto como se cerraban las puertas de los palcos detrás de ellos, intercambiándose por una sabia, radiante e imborrable sonrisa, que aún no estaba presente antes de la representación. Fue entonces cuando lo comprendí.

Las personas que regularmente entraban y salían de aquél teatro eran hombres y mujeres de verdad, personas reales y honestas, libres, cuyos actos tenían la capacidad de repercutir al mundo que les rodeaba, de hacer marcas que no se borraban. En cambio, aquellos personajes que vivían en el teatro y daban vida cada noche a la misma historia eran distintos; ellos no estaban hechos de realidad, sino de un engaño a nuestra mente. No decían la verdad ni eran libres, no se peritían salir de su vil guion, quizá por miedo. Trataban por todos los medios posibles, por muy ruines y rastreros que fueran, de engañar a sus espectadores, de hacerles creer sólida una proyección. Las damas y los caballeros sabían esto; para ellos era algo intuitivo y normal, y sabían tratarlo sabiamente: durante la obra cedían ante el engaño, disfrutando de las delicias del calor de los amantes al inicio de la obra, y sufriendo horriblemente la suerte del desahuciado a su término, odiando los actos egoístas y cobardes de su compañera. Pero cuando la representación finalizaba reconocían el poco poder de los personajes para interferir en su vida, más completa y hermosa, por ser real.

Y ahora que sé esto, yo me compadezco: Pobres criaturas que habitáis en los teatros, vuestros esfuerzos envidiosos por arrebatar su vida a alguien que sí es capaz de poseerla serán en vano, pues ya todos conocemos la insignificancia de vuestro ser. Os miraremos desde nuestros palcos, el tiempo justo para recordar las infinitas posibilidades que nos da nuestra vida honesta, cuántas nos arrebataría un engaño tan inútil como el vuestro.

Volveremos junto a nuestros amigos, no junto a esa gente que manipuláis para creeros queridos y respaldados incondicionalmente, aunque defendáis la más innoble de las causas; nos abrazaremos a nuestros amantes, no a esa inocente criatura engañada que usáis para satisfacer vuestros deseos y sentir una chispa de la hermosa realidad en vuestras vidas, que se esfumará en cuanto os desintereséis y os decidáis por una nueva víctima. Crearemos algo bueno que perdurará y merecerá todos los esfuerzos, algo por lo que haya merecido la pena vivir y nos de fortaleza y juventud hasta el último suspiro, mientras que vuestras mentiras os marchitarán poco a poco, y os sentiréis sucios y demacrados aún en la juventud. Para nosotros todo volverá a estar bien tras cada caída, todo vuelve a su sitio. Para vosotros, significará el fin.

El fin de una de las muchas representaciones de la obra que ejecutaréis, una y otra vez, hasta el fin de vuestra inútil vida.

Se puso en pie, y volvió a caminar. Se encontró por casualidad una de las actrices que participaron en la obra, y la saludó cálidamente. Su respuesta fue fría y rápida, como si el saludo le hubiera dolido. Como si tuviera miedo. ¿De que las mentiras que ella misma se había contado y le permitían mantener su vida se desmoronasen? ¿De ver en los ojos de su espectador ese brillo sabio y puro que ella nunca podría tener? ¿De darse cuenta de la jaula que ella misma había construido para sí misma, de que la claustrofobia le asaltase?

Él no lo supo a ciencia cierta, la verdad. Pero lo que sí tenía claro era que eso le encantaba. No era un muy buen sentimiento por su parte, pero hasta las personas como él podían permitirse un exceso de este tipo de vez en cuando. Sentir que al fin había algo de justicia, que él podía sonreír y dar calor a los fantasmas que la representación había creado, mientras la actriz sufría la verdad perforándole la nuca, incansable, cada vez que pensaba en algo más allá de su obra; tristeza por su vida vacía, e incluso resentimiento hacia sí misma por ser tan cobarde. Porque hasta los actores tienen un alma pura que lucha por vivir armónicamente. Esas pobres almas confinadas entre barrotes de mentiras… Tan hermosas e inalcanzables. Él se compadeció también de quien tuviera como destino unirse a una de estas almas, pues nunca podría hacerlo. Quizá esa persona sería elegida como víctima, y vería chispas del alma de su amante intentando liberarse, se sentiría completo y feliz, seguro. Hasta que la actriz decidiera que ya había sido suficiente y se entregase a otro inmediatamente después de abandonarle, o sin esperar ni a eso. Él pensó que sería una experiencia horrible. Amar algo que sabes que existe, pero no poder alcanzarlo. Ser rechazado con mentiras cada vez que tratas de acercarte. Vivir eternamente sabiendo que nunca estarás completo. Como un fantasma.

Remató estos pensamientos mientras se acercó al café y tomó asiento, pidió a un camarero de voz serena una taza de chocolate, y dobló su entrada al teatro hasta hacer con ella una pequeña paloma de papel que posó suavemente a su lado. Tomó despacio su chocolate, dulce, cremoso, suave. Envolvió su lengua con una calidez que le meció en reflexiones más agradables. Lejos ya de pensar en teatro, comenzó a recordar la belleza de quien lo esperaba en casa, tras haber pasado tanto tiempo fuera. Aún era joven, pero ya una mujer de verdad. No había quien se le resistiese.


Decidió que en cuanto la viera le invitaría a tomar otro chocolate en el café del teatro.

martes, 27 de agosto de 2013

Olvida y siente.

Ayer miré hacia el río, y sólo vi en él mi reflejo:
plano, predecible, irreal e injusto.
Hoy quiero saber la verdad y entro en él, casi desnudo;
el tacto y el alma me muestran algo nuevo.

No hay rastro de mí allí dentro,
solo belleza, luz, vida y nostalgia.
Miedo, necesidad, ansia y deseo.

Descubrí que para ser ciego no hay que tener secos los ojos,
sólo creer haber visto sin tenerlos abiertos.

sábado, 17 de agosto de 2013

Ritmo

Hay momentos en los que es necesario sentarse y esperar. En otros, debemos correr tan rápido como nuestras capacidades nos lo permitan. 

Pero lo que nunca, nunca se debe hacer, es actuar con prisa.

jueves, 9 de mayo de 2013

Tortura

El joven llevaba horas en la cruz, sus brazos pendían de los clavos. Se desangraba poco a poco.

¿Por qué no me matas ya? Quiero descansar.

El sonido de su voz rebotó en la fría piedra y regresó a sus oídos. Aquél que lo observaba guardó silencio.

jueves, 2 de mayo de 2013

Hambre


Hmm... esa carne huele muy bien, ¡Y menuda pinta que tiene! El estallido del aceite al freír siempre me ha relajado, pero con una carne así es aún más encantador. Espero que esté lista pronto, me muero de ganas por probarla, y empiezo a estar hambriento.

Podemos charlar un poco, para hacer tiempo y distraer al estómago. Además, me gustaría contarte cómo adquirí este gusto gastronómico tan poco usual y mal visto. Por cortesía, más que nada; educación. He contado esta historia cientos de veces, pero estas ocasiones siempre merecen una más:

Hace algún tiempo me enteré de la existencia de una acampada en conmemoración del movimiento hippy, y de su celebración cercana a mi ciudad. Siempre he sido un poco antisistema, así que ese acontecimiento me atrajo hasta el punto de que pareció que si no iba me acabaría arrancando los huesos, así que conseguí escapar del férreo control de mis padres, e ir.

Allí poco quedaba de la cultura original, aunque quizá sí persistía su esencia. No se fumaba maría -no mucha, al menos-, ni se pedía paz con camisetas locamente tintadas y flores en la mano; pero allí empecé a darme cuenta de algo. Abrazado entre una masa de compañeros antisistema escuché las declaraciones del vegano Alex Mendoza. Apenas recuerdo algunas frases, pero la idea que conmocionó a la multitud sigue latiendo con fuerza dentro de mí. Me invitó a abrir los ojos, y al aceptar el ofrecimiento pude ver el horror que la raza humana comete cada día contra el resto de almas de la naturaleza: Bebés llamados corderos por eufemismo, arrancados de los pechos de sus madres y reemplazados por ordeñadoras automáticas: máquinas que roban la leche que el bebé asado y devorado ya no necesita. Gallinas que tienen que vivir en un espacio en el que por poco entra su cuerpo, cerdos condenados a nacer, ser cebados y morir, ecosistemas enteros talados para plantar cereales sobre los cadáveres de tantas criaturas... y…

Lo siento, me he dejado llevar por mis emociones. Esto no es algo de lo que hablar en la mesa, y menos a la espera de un manjar tan espléndido. Espero que puedas disculparme. Ya va siendo hora de dar la vuelta a la carne...

Bueno, como iba diciendo… esas charlas me hicieron reflexionar, y las conclusiones a las que llegué no fueron bonitas, pero sí ciertas, y no pude cerrar los ojos ante tanta realidad. Frente a la imposibilidad ética de comer nada y la insistencia de mi querida madre en que lo hiciera, me encerré en mi habitación, sollozando. Pasé el tiempo jugando con mi preciosa navaja mariposa, hasta que los ruegos de mi progenitora me sacaron de mi ensimismamiento, y oí los furiosos pasos de mi padre subir las escaleras huecas, provocando tal estrépito que parecía ser un elefante el que acudía a traerme un delicioso chuletón, y a gritar que no saldría hasta que lo terminase, cerrando y candando la puerta tras de sí. Y ahí estaba yo, sentado en mi cama, navaja en mano y con un pedazo del cadáver de un inocente y desdichado animal frente a mí. No sabía cómo podían pensar siquiera en que devorase a la que habría sido tan pura criatura, mucho más que cualquier hombre.

Con el tiempo, las moscas comenzaron a aprovechar la carne en descomposición, devolviendo a la naturaleza lo que era suyo, y en mi cara comenzaron a verse las marcas del hambre: Mis ojos se hundieron, y mis pómulos y mandíbula se hicieron más marcados que nunca, amén del color pálido que comenzaba a tomar toda mi piel.

Para mí fueron años el tiempo que pasó hasta que volví a oír los pasos de mi padre, con tanta furia y determinación como la vez anterior, aunque algo más descontrolados. Casi desencajó la puerta al abrirla, y por poco hace lo mismo con mi mandíbula, a juzgar por como crujió cuando me golpeó. Me dejó tirado en el suelo, dolorido, mientras me observaba con esa mezcla de ira y decepción. Miró el trozo del cadáver del animal. Yo también lo hice, y volví a pensar en la pureza de ese ser. Después me miró a mí, y yo le devolví la mirada. Entonces vi lo penoso que era aquél hombre, y el frío tacto de la navaja mariposa entre mis dedos me dijo lo que realmente merecía.

Rugí a la vez que mis tripas cuando me abalancé sobre él. Abrí la navaja en un rápido golpe de muñeca e hice desaparecer la hoja en las tripas de mi padre, una y otra vez, mientras este me miraba incrédulo y se desplomaba en el suelo, aplastándome. A duras penas conseguí quitármelo de encima, y manchado en su sangre comencé a devorar la jugosa carne de su cintura. En cuanto sacié mi hambre vomité sobre el cadáver, pues no estaba acostumbrado a comer carne tan cruda.

Aunque no fue un episodio muy agradable, me hizo aprender una forma en la que podía alimentarme sin tener esos terribles remordimientos después. Las cosas malas traen consigo otras buenas, ¿No crees? Así puedo dar un cometido útil a esas personas que no hacen mucho bien al mundo, y al mismo tiempo disfruto de un buen manjar.

Sí, sabía que explicártelo te calmaría. Al principio tenías una expresión muy extraña, pero ahora pareces sereno, calmado. Y lo mejor de todo es que la comida está lista: Un poco de sal… ¡y voilà! ¿No tiene una pinta espléndida?

Es una pena que no haya mucha gente que coma lo que yo como. Si fuéramos más, podríamos salvar muchas vidas inocentes… pero en fin, cada cual es cada cual. Y ha llegado la hora de probarlo…

Qué ternura, qué sabor, qué aroma... Es una explosión de vida y justicia en la boca, mejor que la caricia de una madre comprensiva, que el abrazo de un padre. Mejor que el amor de una mujer, que la calidez de los hijos. Es la carne de un villano en lugar de la de un ser puro. Es perfecto.  

Sí, puedes permitirte estar orgulloso. Como esperaba, tu carne está deliciosa.