viernes, 27 de julio de 2012

Suciedad

Hoy no bastará con que me distraiga.

Hoy
pensaré
en la Escoria
de la Tierra.

jueves, 26 de julio de 2012

Lluvia

La tormenta ha empezado, y con mucha más fuerza de la que esperaba. Desde la ventana no se puede llegar muy lejos con la vista, y se ven las pequeñas gotas que el viento arrastra a ras de suelo, como una pequeña tormenta de arena licuada. El estrépito del agua al golpear en los cristales se hila junto a los truenos, haciendo que salir fuera sea toda una odisea para el oído, y dentro de casa, una sinfonía.

Yo, por mi parte, me resguardo bajo el tejado. Deseo con todas mis fuerzas salir, arrancarme la ropa y disfrutar de las miles pequeñas puñaladas heladas que regala la lluvia. Pero eso sólo podría hacerlo estando junto a mi otro yo. Pudiendo verme en el espejo... pero ahora, cuando miro, no veo nada. A lo sumo algún recuerdo.

Así pues, trato de sentir el calor del hogar, la otra faceta de la tormenta. Pero aún con un buen videojuego y un batido de chocolate con leche condensada no consigo sentirme bien. No me acerco ni lo más mínimamente a la sensación que busco, esa que estaba en el pequeño hueco entre el sofá y el ventanal en ese piso de la calle Guadalquivir. Qué días fueron aquellos -y parezco un anciando hablando de mi juventud- en los que aún no sabía hacia donde debía ir mi vida. Tan despreocupada, tan vacía.

Ahora toca la misma odisea de todas las noches. Ir a la cama ya, o ocuparme en cualquier cosa hasta que el agotamiento me venza. Sé que acabaré haciendo lo segundo, por mucho que desee tener la primera opción. Hay que aprovechar el tiempo, me dice alguna parte de mi cabeza. Supongo que me da miedo dejar tiempo a las cavilaciones y que estas me lleven a algún lugar brumoso, lleno de peligro y temores ocultos, dolor que sólo se puede sentir imaginándolo, pero que acaba surgiendo entre los caprichosos deseos de mi cabeza.

Voy a dejar ya que la pelea se dispute sola. Así que, señores, les deseo muy buenas noches.

viernes, 6 de julio de 2012

Apocalypse III

Paula gritó como si hubiera visto un fantasma, sin apartar los ojos de Lorena y su mano mordida. Lena, siempre práctica, le cruzó la cara de una bofetada.
-Cierra la puta boca antes de que vengan más.
-Ella no es una devoradora... - masculló la chica, pero Lykaios no le dio opción a decir más. Lorena seguía gritando y lanzándose contra la puerta enrejada, suplicando ayuda, y todos sabían que aquello únicamente conseguiría atraer a más zombies.
La mirada de Lykaios era tan fría que podría helar a cualquiera.
-Llama a las cosas por su nombre. Es un zombie, y lo único que va a hacer es atraer a más - apuntó a la chica con el fusil -. Lárgate. Ahora.
-¡Por favor! - chilló la chica, desesperada, pero lo único que consiguió fue que Lena alzase también su ballesta, apuntándole a la cabeza.
-Vete.
Paula lloraba y gimoteaba, con la mano derecha apretada contra la mejilla enrojecida, sin apartar la vista de Lorena y los chicos que la apuntaban con sus armas, fríos, impasibles. Ninguno dejaba entrever ninguna emoción en sus rostros, salvo quizá Lena, cuya boca se tensaba poco a poco en una mueca de rabia. De repente, apretó el gatillo de su ballesta, y una saeta pasó tan cerca del cráneo de Lorena que le revolvió el pelo.
Paula no sabría decir si Lena había fallado, o era allí a donde apuntaba.
Lorena se alejó tambaleante. Sus movimientos extrañamente entumecidos, sonámbulos, y el color intensamente rojo de sus mejillas indicaban que la fiebre y el virus habían comenzado a hacer estragos. Los científicos establecían cuatro etapas en el desarrollo de la enfermedad zombie, y en teoría, no se podía matar a un zombie hasta la fase IV.
Los supervivientes que vivían en la finca eran bastante más prácticos. Desde luego, no matarían a una persona que no fuera un zombie a todos los efectos, ni siquiera aunque fuera a serlo a corto plazo; eso era cruel. Y ellos ya habían visto bastante crueldad.
La diferencia estaba en que ellos no se entretenían vigilando los síntomas que los médicos definían como "fase IV", simplemente se fijaban en si eran capaces de hablar, de entender, o no. Y si no lo eran, disparaban. Puede que se hubieran equivocado en alguna ocasión, pero, al menos, sus conciencias estaban tranquilas.
Lorena aún podía hablar, así que a ninguno de ellos se le pasó por la cabeza dispararla.
Aunque no se podía decir lo mismo de Paula, que dejaba escapar cada poco prolongados gemidos. Lena la miraba con una tremenda expresión de odio, e incluso Dan empezaba a sentirse intranquila.
-¿Qué demonios le pasa? - murmuró, nerviosa.
Orión se acercó a ella y le puso una mano en la frente con delicadeza. Se apartó de ella de un salto, con expresión de susto.
-Mierda, joder... ¡está infectada!
Todos se apartaron de la chica rubia unos pasos, cautamente. Lykaios volvió a alzar su fusil con sorprendente delicadeza. Paula los miró con desesperación; sabía que estaba virtualmente muerta, y ya había visto cómo habían tratado a Lorena. Con lágrimas en los ojos, pensó que eran unos seres despiadados, salvajes.
Ellos se miraron unos a otros. Sabían que no había alternativa, que tenía que irse, si no querían sucumbir los demás.
-¿Cómo se ha infectado? - preguntó Orión de pronto.
Paula entendió que aquella simple pregunta podía haberle salvado la vida. ¡No había estado ni siquiera cerca de los devoradores! Dan y Nilo habían estado mucho más cerca, y ellos estaban limpios. Podía ser simplemente un catarro, o las consecuencias de la insolación... ¡aquella fiebre no tenía por qué ser señal de que estaba infectada! Pero si la echaban a los caminos, acabaría muerta.
-No estoy infectada, es por la insola... - empezó a decir, pero Lena la cortó bruscamente.
-¡Putos gatos! - masculló, a la vez que cargaba su ballesta a una velocidad sorprendente. La alzó y disparó una flecha al gato pelirrojo que apenas unas horas antes había arañado a Paula.
Todos los demás entendieron al instante. Los gatos escalaban las verjas, entraban y salían a su antojo, y eran animales carroñeros. No era una opción en absoluto descartable que uno de ellos hubiera comido parte del cadáver descompuesto de un zombie. En aquel momento, todos los gatos podían estar infectados, pues todos bebían de los mismos recipientes.
-Ninguno más ha tocado a ningún gato, ¿verdad? - preguntó Dan, angustiada. Orión negó con la cabeza.
-Nos quedó bien claro desde el primer día que no son mascotas.
Todos se quedaron mirando a Paula, que paseaba la mirada de uno a otro, intranquila.
-¡Por favor! - dijo al final, igual que había hecho Lorena apenas unos minutos antes - ¡Por favor, no me dejéis, no me echéis sin más, por favor...!
Ninguno le respondió, ni siquiera la miraron. Ni siquiera Orión. Sabían que ya no podían hacer nada más por ella, y que compadecerla solo les pondría las cosas aún más difíciles. Lo único que podían hacer era echarla, y seguir adelante. Ellos tenían que sobrevivir.
-Vete - dijo Lykaios, con el mismo tono frío de antes. Lena, a su lado, asintió.
-Por favor... - susurró Paula, sin fuerzas para más. Miró a Orión, que apartó la vista de ella, como si no quisiera verla o reconocer que le había cogido algún cariño. Ninguno la miraba ya a los ojos, ni siquiera a la cara; era como si ya estuviera muerta.
Dan señaló la puerta con una mano que no temblaba.
-Tienes que irte - dijo, y en su rostro salvaje se adivinaba cierta compasión, pero también era inflexible. Estaba claro que no admitía réplica. Nilo, a su lado, asintió.
Paula no pudo decir nada, ni siquiera moverse. Tenía frío, mucho frío, allí, a pleno sol, sabiendo que su destino era convertirse en uno de aquellos repugnantes seres que se arrastraban por los campos, pútridos, devorando todo a su paso.
Era un destino peor que la muerte.

Los chicos volvieron a entrar en la nave, cubiertos de sudor frío. Todos menos Lykaios, que seguía en su puesto, montando guardia. Las guardias diurnas, por lo general, le correspondían a él, al menos uno de los turnos, porque era el mejor tirador; cuando cayera la tarde, Lena o Dan lo sustituirían, porque eran las que mejor veían de noche.
Paula se había quedado deambulando por la alambrada, como si temiera alejarse del lugar que hacía pocos minutos, había sido su refugio seguro. Lykaios se planteó unas cuantas veces dispararla, incluso entrar en la nave y encender el generador que electrificaría la alambrada, pero no lo hizo. No porque la chica le importase lo más mínimo, o sintiese compasión por el destino que la aguardaba. Simplemente, dispararla sería malgastar munición. Encender el generador, combustiría gasolina y haría ruido, y ninguna de las dos cosas les interesaba. Y si por algo destacaba Lykaios era por su sentido práctico.
El perro blanco de su hermana pasó a su lado como una exhalación para ladrar a Paula, tratando de echarla del terreno que consideraba suyo y de sus amos, y volvió a entrar en la nave, meneando el rabo con aire satisfecho. Por un instante, se planteó la posibilidad de que estuviera también infectado, de que hubiera contagiado a su hermana. Pero el perro tenía un bebedero distinto al de los gatos, que había defendido con auténtico celo durante las primeras semanas y al que los otros animales no osaban acercarse, y no tenía contacto con los gatos ni forma de salir de la alambrada.
De cualquier modo, Lykaios entró en la nave, decidido a advertir a Dan.
-Damián, sal un momento a cubrir mi puesto, ¿quieres?
-Ya son casi las nueve - intervino Lena, mirando el obsoleto reloj de cuerda que estaba sobre la repisa de la chimenea, y que resultaba un objeto precioso ante la escasez de pilas y demás artilugios modernos -. Salgo yo, pero que no se convierta en costumbre - dijo, antes de salir a cubrir su guardia.
Los muchachos se habían sentado en torno a la mesa de plástico, con rostros circunspectos. Sus edades oscilaban entre los veintiún y los dieciséis años, y aquella situación les desbordaba en muchos sentidos. Por suerte, su juventud les había salvado; los adultos tildaron de alarmista y fantasiosa la definición de "Apocalipsis Zombie", mientras ellos recolectaban armas y alimentos y hacían planes de evacuación.
Lamentablemente, ni todos los planes del mundo impidieron que gran parte de sus familias muriera durante el brote.
-Dan, ¿tienes fiebre o algo?
Su hermana miró a Lykaios entornando los ojos, como preguntándose a dónde quería ir a parar.
-No. Y no me siento mal. ¿Tengo las mejillas rojas, o algo?
-No, lo digo por el perro. Por si también tiene el virus.
Nilo se puso tremendamente pálido, recordando como el animal había lamido las mejillas de Dánae aquella mañana. Solo con que una gota de saliva le hubiera tocado el ojo, o la comisura de los labios, o alguna minúscula herida...
Dan miró a su perro, entre asustada e incrédula. El animal estaba tumbado al pie de la chimenea, y al notar tantas miradas inquisitivas sobre él, alzó sus pardos ojos con curiosidad.
-No sé si está infectado - comentó Dan, en voz baja -, pero creo que no deberíamos tocarlo más. Por si acaso. Y deberíamos matar a todos los gatos.
Todos estuvieron de acuerdo. Ya habría tiempo, más adelante, para decidir si mataban al perro o no, pero aún era demasiado pronto para enfrentar a Dan a aquella decisión. Sobre todo porque, si el perro estaba infectado, Dánae no tendría que decidir nada.
Porque en aquel caso, lo más probable era que ella también lo estuviera.

A pesar del riesgo que sabía que conllevaba, Nilo insistió en pasar también esta noche con Dánae. Y es que no iba a dejar de estar con ella en lo que podía ser su última noche como ser humano. Las protestas del resto del grupo fueron intensas, pero no duraron mucho. La expresión seria de Nilo hacía que sus decisiones respecto a si mismo resultaran inalterables, y todos sabían que su vida y la de su amante estaban ligadas. Cuando uno se fuera, la vida del otro también habría acabado. Y si ellos dos les dejaban, todo estaría cerca de irse a la mierda: todos en cierta medida eran imprescindibles, aunque habían tratado de evitarlo. Necesitaban estar juntos para mantener la estabilidad.
Dánae trató de que no se le notara, pero su gesto grave dijo a Nilo que estaba haciendo un esfuerzo titánico por contener las lágrimas. En cuanto la puerta que llevaba al garaje se cerró tras ellos y estuvieron a salvo de las miradas del resto, se desmoronó. Se sentó con la cabeza entre las rodillas sobre el jergón que habían preparado, y lloró como no lo había hecho desde que comenzó a llamarse a sí misma "superviviente". Nilo se acercó a ella con cautela y se sentó a su lado, procurando tener el mayor contacto posible con ella, que pronto se revolvió y escapó del abrazo de su amante, entre sollozos. El golpe anudó su garganta, y no se atrevió a acercarse más. La llamó con voz entrecortada, de niño asustado. Una voz que sólo ella había oído. A duras penas logró contestarle entre los sollozos y temblores que causaba el miedo.
-Déjame... ya estoy muerta - necesitó tomar aire y fuerzas antes de susurrarlo, para después hundirse aún más profundo entre sus rodillas.
Nilo se le acercó un poco, y trató de devolver racionalismo a la situación.
-No -trató de parecer decidido-. No tienes fiebre, náuseas, nada. No te has sentido mal en todo el día... no puedes estar infectada, pequeña. Todo esto es para que todos estemos tranquilos, ¿Vale? Mañana lo olvidaremos.
Confió en que ella no contemplara la terrible variabilidad, la posibilidad real de que alguien se transforme de un momento a otro sin haber presentado los síntomas. Pero ella había leído tanto como él, se había informado con sus mismas fuentes. Era un riesgo que ambos notaban en el aire, haciéndolo demasiado escaso.
-Mátame ya, por favor. Mátame -dejó de sollozar de repente, para mirar a su amante, a la persona con la que había prometido tener unos hijos preciosos, una vejez tranquila tras una juventud de aventuras. La persona a que se había jurado que haría feliz siempre.
Él perdió la poca seguridad que le quedaba al ver sus ojos. Bajo el cristal de las lágrimas, apenas quedaba más que un ligero brillo de melancolía hacia la vida que ya no podría tener, y un extraño sentimiento hacia él. Un amor lejano que no habían esperado hasta dentro de muchísimo tiempo, cuando juntos dejaran la vida al unísono. El brillo de los ojos de Dánae se despedía de él. Pero no podía aceptarlo, no podría hacer eso.
-No vas a dejarme... -balbuceó Nilo, mientras su alma se partía al ver el rostro de su amada cruzado por las gotas de luz lunar que se colaba entre las ventanas, como un mudo testigo de todo lo que no debería estar pasando.
-Por favor, no hagas que me convierta en eso. Déjame seguir en tu recuerdo como soy ahora, y no como a esa criatura a la que tuviste que reventar el cráneo a golpes.
Nilo no podía más. Todo era demasiado irreal. Absurdo, casi cómico, como una broma pesada. La realidad ya no lo era, y por temor a que fuera cierto, o quizá por esperanzas de despertar de una maldita vez, se levantó. Corrió hacia el banco de trabajo, agarró un cuchillo y de un seco movimiento se abrió la piel de la palma de la mano izquierda. El dolor físico calmó el emocional y le demostró que todo era real.
Dánae, al ver las gotas de sangre brillar al caer y salpicar sobre el suelo, olvidó todo lo que en realidad no era tan real para ella. Sintió que él volvía a tener catorce años, y sollozaba suavemente tras haberse hecho daño.
-Ven, mi vida... -Su voz, aunque sin fuerza, calmó a Nilo. Pronto sintió las manos de ella sosteniendo la suya, sus ojos escrutando la herida con esa mirada de curandera que había heredado de su bisabuela y tanto había visto en los últimos meses. Le miró y sonrió amargamente, con el gesto de una madre- no es mucho, pequeño. No es mucho.
Nilo volvió a sorprenderse, como siempre que pasaba algo así. Por muy mal que estuviera ella, siempre lo olvidaría si él la necesitaba. Siempre sacaría fuerzas para dedicarle una de esas sonrisas que le hacían sentir en casa y decirle que no era mucho, y buscar cualquier cosa para ayudarle.
Le preparó una infusión de malvarrosa y corteza de aliso en el hornillo a gas, y le limpió la herida con ella. Le calmaría el dolor, evitaría que la herida se infectara y ayudaría a que la sangre coagulara. Después, empapó un trapo en el líquido y vendó la mano con él, de forma que la herida se mantuviese cerrada.
Gracias al remedio -aunque él no pudo evitar pensar que era gracias al amor- el dolor remitió. Los dos amantes volvieron a sentarse en el jergón, pero esta vez relajados. Abiertos el uno al otro. Sin dejar de mirarse, sin hablar, se tumbaron juntos dentro del jergón, muy pegados.
-No puedes irte ahora, pequeña. Te necesito -su voz estaba más cargada de amor que de miedo-. Quédate... por favor - puso su cara de cachorro, confiando en que esta vez también funcionara, y Dánae no pudiera negárselo.
-Vale, me quedaré. Pero sólo contigo... Si tengo que irme, te doy permiso para que vengas conmigo -su voz juguetona hacía que eso pareciera una conversación sobre cosas muy lejanas a la muerte.
-Creo que eso ya iba a hacerlo -Nilo se rió amargamente- no lo tengo claro, pero es muy probable que si tú estás infectada yo también lo esté...
Ella estuvo a punto de preguntar el por qué, pero antes de que pudiera acabar la frase, él le plantó un dulce beso en la boca.
-Por eso.
-Oh... - Dánae entendió. No había leído que estuviera comprobado, pero se creía que era posible la transmisión de la infección en una fase temprana mediante un intercambio de fluídos como ese.
-¿Pero sabes qué? -ella puso su cara de gata curiosa, esperando la información- si la palmo por besarte, habrá perecido la pena igual -la besó de nuevo, y ella se revolvió, juguetona, antes de volver a tomar consciencia de su situación.
-¿Y si me transformo, y tú no? ¿Si te devoro?
-Lo tomaré como un gesto cariñoso -bromeó-. Dánae, si morimos, lo hacemos juntos. Habrá algo más, pequeña. Tiene que haber algo más. Y de todas formas, algo me dice que estamos sin virus, los dos.
Los dos se esforzaron por creerlo, y mientras Nilo la ataba de forma que pudiera dormir cómoda, con las manos sobre el pecho, se concentraron en que sólo era una forma de que los demás estuvieran más tranquilos. Tras hacer un comentario sobre lo extraño que le resultaba atarla sin ninguna otra pícara intención, Nilo se ató las muñecas a las de ella con una brida negra, de forma que podía simular un abrazo. Se besaron una vez más antes de cerrar los ojos, y poco a poco el sueño venció al miedo que ninguno de los dos se atrevió a volver a mencionar, por temor a encontrarlo bien justificado al escucharlo en voz alta. Al final, consiguieron dormir. Con fiebre o sin ella, con virus o sin el, con la posibilidad de volver a disfrutar con su amor o la de terminar con sus sesos esparcidos por todo el garaje. Fuera como fuera, durmieron.

A la mañana siguiente, tras una noche en la que nadie en el salón-comedor pegó ojo, una figura cuya altura se enmascaraba por lo encorvado de la postura surgió desde la rendija de la puerta, que se abría poco a poco, delante de unos ojos que miraban hacia la habitación donde los amantes dormían. Orión, con su fusil cargado en la mano, buscó a la pareja a través la rendija abierta en la puerta, con temor a encontrar a los dos colegas con los que había vivido tanto convertidos en bichos-come-cerebros. Los vio aparentemente dormidos , abrazados como siempre en su jergón. Se atrevió a entrar en el garaje para mirar más de cerca, y la mirada perdida de Dánae activó su acto reflejo de amartillar el rifle. El sonido pareció alertarla, y lo miró. Orión rogó en un segundo a todas las deidades de las que había oído hablar, pidiéndoles hallar una pizca de inteligencia, una mirada conocida en los ojos de su mejor amiga.
Algo que le dijera que no tendría que volarles la tapa de los sesos a ambos, y recordarles el resto de su vida como nada más que cuerpos muertos deseosos de devorarle.

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Apocalypse by Mª Gumiel & Óliver Sanz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

viernes, 15 de junio de 2012

Un Joven Piensa

Por la acera enmarcada de casas bajas de ladrillo rojo, camina un joven que dejó de ser niño hace algo más de nueve meses -aunque siendo justos, nunca se le pudo llamar así-. El viento fresco se abre camino entre el cálido ambiente, acariciando sobre sus piernas el pelo que sus vaqueros cortos no llegan a cubrir, y también despejando sus ideas. Él puede verlo todo: la miseria que se mueve hacia ellos lenta e imparable, como un cúmulo de nubes negras que ya asoma en el cielo. Huele la mecha de la pobreza en el ambiente, se parece a la pobreza misma que lleva junto a su ropa y el cuaderno donde escribe con letra muy pequeña, en su bolsa naranja; junto al bolígrafo barato -pero muy duradero, si se cuida bien- cuyo roce siente en el bolsillo derecho; y dentro de su camiseta blanca y entre el cabello negro enmarañado. Camina pensando en cómo se ha ido todo a la mierda, en donde dormirá esta noche -una jaula para personas-, y en donde lo harán todos los que sin saberlo se encuentran en la misma situación que él.

De repente, sin previo aviso siquiera del sonido de leves movimientos ni respiraciones humanas, escucha un grito sobre su cabeza, un grito de una familia entera. Celebran un gol, por supuesto. No hay nada más con lo que un ser humano vaya a emocionarse tanto como un triunfo en lo único que los que manejan los hilos de sus mentes quieren que vean. Fútbol: un buen entretenimiento, buen deporte, aumenta la sociabilidad, desarrolla la forma física de quien lo practica, mueve capitales que podrían terminar con unos cuantos problemas si cayeran en las manos adecuadas -no esas-, ciega a los ciudadanos y reduce su capacidad creativa a la tarea de imaginar un equipo formado por sus estrellas favoritas. Todo ventajas, piensa el joven de la bolsa naranja llena de la misma pobreza que llevan todos sus conciudadanos en sus mentes, mientras sigue caminando. Se asombra -casi se aterra- al ver en un patio a una familia entera reunida, con los clásicos manjares traídos desde las cocinas de todos sus miembros. Se apiñan ante la televisión, sin mirarse, sin hablar, con el único brillo en sus ojos proveniente del campo verde televisado. Como zombies. Al pensarlo, nuestro amigo se da cuenta de que al fin y al cabo su familia no es tan mala -al menos, tan mala como podría-. También viven en una jaula para personas, pero al menos los que también tienen una jaula para sus mentes las mantienen para ellos solos.

Por la acera enmarcada de jaulas para personas de ladrillo rojo, camina el joven que dejó de ser niño hace algo más de nueve meses -aunque siendo justos, nunca se le pudo llamar así-. El viento consuela la tristeza que causa lo que ve. Le recuerda a las caricias de su amante. Piensa en volver ya a su casa de familia de clase casi alta, con toda su pobreza a cuestas. Piensa que no está bien acostumbrarse, apegarse a lo que tiene. Según va todo, sólo hay una cosa que sabe que tendrá siempre. Y la verdad, es lo único que quiere, y al darse cuenta toda la pobreza que guarda dentro de sí mismo desaparece. Con el brillo de Luna en los ojos, sigue su camino, el que seguirá durante toda su vida, sonriendo.

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martes, 12 de junio de 2012

Apocalypse II

      Dan estaba un tanto preocupada.
   Cuando vio a los tres jóvenes a través del los prismáticos, su primer instinto había sido ayudarles. Parecían simplemente tres chicos perdidos y bastante aturdidos, sin más medio de transporte que las bicicletas. Pero cuando vio cómo huían, sin preocuparse en absoluto de sus salvadores, ni de la chica rubia... que esa era otra. Aquella chica era estúpida, pero estúpida a un nuevo nivel hasta entonces desconocido. Parecía tener algún instinto de supervivencia, pues se había bajado de la bicicleta, pero por lo que decía, había vivido de la adoración y la sabiduría del tal "Raúl", que no había dudado en dejarla atrás cuando fue necesario, y ahora estaba allí, con ellos, tratando de ganarse la aprobación de Orión, el más accesible del pequeño grupo. A Dan, aquello le hacía pensar en una medusa dejándose llevar por la corriente; en cualquier caso, la habían salvado, y tendrían que hacerse responsables de ella.
    Sabía de sobra lo que pensaba Lena de aquello. La joven siempre había sido arisca y dura, cerrada en sí misma, solo abierta a sus escasos amigos. Desde la pérdida de sus padres y su hermano, vivía inmersa en la rabia y el odio, en un continuo volcán en erupción. Veía a la chica rubia (¿Paula, podía ser?) como un estorbo, otra boca que alimentar, que proteger, que transportar, que vestir, que adiestrar.
     Y el hecho es que eso era.
    Los baches del camino sin asfaltar provocaban vibraciones que subían como latigazos por la espalda de Dan, que recorría los lados del camino una y otra vez con la mirada, sin descuidar ni un centímetro del terreno. Solo vio un zombie, agachado en una cuneta, unos metros por delante de ellos; golpeó la cabina con la mano, y Orión redujo considerablemente la velocidad de la camioneta; cuando pasaron por delante, una flecha se hundió profundamente en la sien del zombie, y la camioneta volvió a acelerar.
   Tardaron veinte minutos en llegar a la finca en la que vivían. Consistía en tres hectáreas de viñedo y frutales, rodeadas por una alambrada que a todas luces habían colocado apresuradamente. La única entrada visible daba al camino, y consistía en una recia puerta metálica con un enrejado. Junto a ella había un chico moreno que sujetaba con descuidada precisión un fusil de francotirador. Tenía el pelo largo y desgreñado, recogido en una coleta en la nuca, y sus ojos verdes examinaron la camioneta con fría dureza. Les abrió la puerta justo a tiempo para que entrasen, y la cerró a sus espaldas, con rápidos y seguros movimientos. Era obvio que llevaban mucho tiempo haciéndolo así.
    Detrás de las verjas reinaba un extraño orden caótico. Era obvio que nadie se preocupaba de cómo crecían las plantas, pero las frutas de temporada (cerezas, melocotones, incluso alguna manzana) estaban cuidadosamente recogidas en cajas apiladas junto a la enorme puerta del único edificio de la finca, una nave pintada de blanco y rojo. La puerta, del tamaño suficiente para saliera un tractor, era plateada, o mejor dicho, lo había sido; varias capas de pintura marrón, de distintos tonos, habían cubierto su resplandor, que se adivinaba en las zonas en las que la pintura estaba arañada.
     Dan bajó de la camioneta de un salto, y un perro blanco corrió a saludarla. Era un chucho grande y de aspecto juguetón, que a juzgar por la suciedad enredada en su tupido pelaje, era callejero. Ella lo recibió con alegría, abriendo los brazos y ofreciéndole el rostro para que se lo lamiera.
    Orión, Lena, Nilo y Paula bajaron de la camioneta, y Lena se dirigió directamente al interior de la nave. Al abrir la puerta pequeña que estaba incrustada en la gigantesca puerta plateada, varios gatos salieron al exterior, maullando.
    -¿Por qué tenéis tantos gatos? - dijo Paula, mirando sorprendida su entorno; había más de diez gatos.
   -Mantienen esto libre de ratas y ratones - explicó Orión -. Dado que aún no sabemos si esos bichejos pueden transmitir la enfermedad, es una medida aconsejable.
     -¿Enfermedad?
    -Enfermedad, infección... llámalo como quieras. Si te cogen, estás muerta - dijo otra voz. Un chico de mediana estatura, apretados rizos castaños y aspecto distraído salía de la nave, mirando fijamente a Paula -. ¿Esta quién es, chicos?
     -Dánae los vio a ella y dos amiguitos suyos con los prismáticos mientras íbamos al pueblo a hacer una incursión alimentaria, y fuimos a echarles un cable, diez zombies los tenían rodeados - replicó Nilo, con un suspiro.
     -O sea, que por esta chavala yo me he quedado sin ramen.
    Nilo se encogió de hombros y, cogiendo a Dan por la cintura, la llevó al interior de la nave. Paula se quedó allí de pie, sin saber cómo comportarse; miró a Orión buscando ayuda, pero este se había alejado unos pasos de ella y estaba meando contra una encina. Turbada, Paula bajó la vista al suelo, donde un gato pelirrojo se enroscaba entre sus piernas.
    Con una sonrisa, la chica se agachó para cogerlo en brazos, pero el animal respondió con un bufido y le tiró un arañazo. Paula se puso en pie aferrándose la mano para detener la pequeña hemorragia, con lágrimas en los ojos.
    -No son mascotas - le advirtió la voz de Dan, y Paula levantó la vista, para volverla a bajar al segundo, más sonrojada que antes incluso; la joven morena salía en ropa interior de la nave, y Nilo la seguía, en el mismo estado. La joven soltó una rápida carcajada -. Acostúmbrate, mojigata. Somos seis, ahora siete, personas viviendo en un espacio muy reducido. No hay duchas, ni dormitorios; solo la manguera con agua del pozo, y ahora en verano, la piscina hinchable que tenemos ahí detrás - dijo, señalando a la parte trasera de la nave con el pulgar extendido -. Por cierto, si necesitas ir al baño, sigue el ejemplo de Orión. Si es más, te alejas un poco con la pala, haces lo que sea y lo entierras, que no quiero sorpresas, ¿entendido?
    Paula asintió. La chica la miró con el ceño fruncido, cosa que, con la cicatriz de su ceja, resultaba realmente extraña.
     -Escúchame bien. Estamos en plena epidemia, no es momento para recatos. Se trata de seguir con vida, y no te ofendas, pero no tienes nada que no hayamos visto ya. La higiene siempre es importante, pero en una epidemia, aún más, y no voy a tolerar, y mi hermano tampoco - dijo, señalando a la puerta, donde el joven del pelo largo seguía montando guardia -, que traigas ninguna enfermedad ni ningún problema a esta finca. Ha sido de nuestra familia durante generaciones, y tengo intenciones de que siga siéndolo - acabó, cortante.
     -Eh, Dan - intervino Orión, con aquel tono conciliador -, déjala respirar un poco, ¿quieres?
    -¡Cállate, militroncho! ¡Es menos de lo que se merece ! - se oyó la voz de Lena desde el interior de la nave. Dan soltó una rápida carcajada, dirigiendo una mirada divertida a la destrozada camisa militar que Orión exhibía con orgullo desde antes del apocalipsis. El chico sacudió la cabeza, murmurando entre dientes, y Dánae se alejó con Nilo, que había contemplado el enfrentamiento con una media sonrisa de diversión, hacia la parte trasera de la nave, donde estaba la pequeña piscina, a la sombra de un hermoso álamo.

     Se acercaron entre empujones cariñosos y risas a la piscina azul. Después de que Nilo salpicara a Dánae, ella le tiró de un empujón al agua, que parecía el último reducto de frescor que quedaba en el mundo. Empapada por la onda que creó Nilo al caer al agua, entró al tiempo que él se frotaba los ojos. Acechó como una gata y se le tiró encima en cuanto la miró. Le tumbó de nuevo, y se sumergieron con un beso en el agua que de pie les llegaba por la cintura, suficiente para que pudieran retozar felices y olvidar por un rato el afán de supervivencia. Sin estos momentos ya se habrían vuelto locos.
     Nilo emergió del agua que brillaba como un negativo del resto del universo y apoyó la cabeza en el borde de plástico hinchado de la piscina. Dánae no tardó en acercársele con caricias y una sonrisa pícara que sabía que lo volvía loco. Se acurrucó junto a él, y abrazados contemplaron sin decir una palabra el inmenso azul del cielo. Esperaron a que su imaginación floreciera, y comenzaron a sacar parecidos a las pequeñas nubes que lo tildaban. Era algo reconfortante, divertido, y les ayudaba a abstraerse. Rápidamente en los labios de Nilo surgió la sensación que ambos sentían.
     -Es inquietante cómo, aunque la raza más avanzada del planeta está al borde de la extinción, todo sigue igual - las palabras fluyeron desde su garganta con la facilidad que da la embriaguez de la belleza - es todo exactamente igual: El agua, el cielo, las nubes...
     -El amor - le cortó Dan; Nilo asintió con una sonrisa - pero tú no eres igual... ahora estás más bueno - ella le sacó la lengua con la misma broma que repetía desde que empezaron a "matar" zombies.
     -Déjame adivinar, todo esto ha merecido la pena solo por que yo saque músculo, ¿Verdad?
     Ella estuvo a punto de asentir y seguir con su juego, pero justo antes de hacerlo recordó todo el dolor que había visto y sufrido, y sólo pudo abrazarse con más fuerza a su amante, tratando de ahogar la pena entre su piel, su calor, y el frescor del agua.

     Entre tanto, Orión le mostraba a Paula lo poco que había que ver de la finca. La nave estaba compuesta de tres salas principales; una enorme, sin sotechado y con suelo de hormigón, muy amplia. Las estanterías que cubrían los laterales estaban divididas por su contenido, en dos tipos; las de la izquierda, estaban llenas de armas diversas, y había una mesa de herramientas y un generador situados juntos. Las de la izquierda estaban a rebosar de latas de conserva y demás alimentos sellados herméticamente, e imperecederos. Había varias garrafas cortadas de tal manera que servían como bebederos para los gatos en el suelo, junto a la puerta. La pared del fondo de esta primera sala, que parecía que antiguamente fue un garaje, estaba cubierta de armarios donde, según le dijo Orión, se hacinaba ropa para el invierno.
    A la segunda sala se accedía a través de una puerta que estaba casi escondida entre los armarios. En ella había una pequeña cocina con lo básico (una fregadera, armarios para la vajilla, un hornillo eléctrico) y una chimenea. También había una mesa de plástico, con sitio para seis personas, del tipo de mesas que la gente ponía en sus terrazas antes de la plaga, y varios jergones en el suelo. Aquella sala estaba mucho más iluminada, por cuatro ventanas enrejadas que dejaban entrar la luz del verano, el suelo estaba cubierto de baldosas de barro y el techo tenía un sotechado de tablas. La diminuta estancia que quedaba entre el sotechado y el auténtico techo era lo que Orión denominó como "el desván", donde al parecer se amontonaban los trastos que Dan y Lykaios, su hermano, no habían querido tirar.
   -¿Realmente se llama Lykaios? - preguntó Paula, pero Orión simplemente se encogió de hombros.
   -¿Eso importa algo?
   A través de las ventanas se veía la pequeña piscina, y las siluetas de Dan y Nilo, muy juntos y hablando en voz muy baja.
   -Aquí no hay intimidad, ¿verdad? - preguntó Paula, casi angustiada. Orión se encogió de hombros.
  -Todos éramos más o menos amigos cuando llegamos aquí, así que tampoco nos supuso un problema grave. Bueno, fue complicado irnos desnudando como zorras unos delante de otros, pero Dan y yo, por ejemplo, somos amigos desde hace tiempo; no había nada nuevo que ver. Dan y Lykaios son hermanos... no sé, los demás son todo tíos. Lo peor fue cuando Dan y Lena empezaron a andar por ahí casi en bolas, era un continuo "no las mires, no las mires, no las mires", y cuando me acostumbré "mírala a los ojos, mírala a los ojos, mírala a los ojos" - explicó Orión, seguramente intentando hacerla reír, pero Paula ni siquiera dejó escapar una sonrisa.
   -No sé si yo podré hacerlo.
    Lena pasó a su lado en ese momento, dedicándole una mueca burlona.
   -Piensa qué prefieres conservar, si el misterio acerca de qué escondes entre tus piernas, o la vida. A mí, personalmente, me importa una mierda lo que decidas.
    Ese último comentario fue para Paula como la gota de pus que hizo rebosar el vaso. Se puso de un color pálido verdoso y Orión tuvo que sujetarla para que no cayera al suelo. La acompañó hasta el garaje y le preparó un jergón, para que descansara. El resto estarían limpiando sus armas en el comedor.
     Ella tenía mucho frío, aunque parecía que Orión no lo sentía, pues llevaba abierta su camisa militar dejando ver que el único vello que tenía en el pecho estaba bajo su ombligo. Paula se metió tan rápido como pudo en el saco, pero la tela también estaba fría. Menos su piel, todo lo estaba. Se abrazó a sí misma tratando de retener el calor, estaba sudando. Las náuseas le indujeron poco a poco en un estado de agónica duermevela, hasta que todos sus pensamientos callaron.
     Cuando Paula entró en el saco, Orión fue al encuentro de los demás. Todos estaban sentados, con la cabeza baja y ensimismados en el mantenimiento de sus respectivas armas. Desde el principio Nilo había insistido en que había que cuidarlas y revisarlas diariamente, tratarlas como a seres vivos. Así garantizarían que ellos lo siguieran siendo el máximo tiempo posible.
     Dan estaba revisando que el filo de su hacha de una pieza seguía intacto, y comprobaba la fijación de la cabeza del martillo al mango. Lena engrasaba cuidadosamente las piezas móviles de la ballesta que Nilo le había regalado, y él acariciaba con cariño su pala-shaolin, bastante más compleja que el simple palo que creyó ver Paula. Estaba formada por una vara de aproximadamente un metro ochenta de largo coronado en un extremo por un agudísimo filo en forma de media luna, cuyos extremos parecían los cuernos de un toro esperando para embestir. En el lado opuesto, otra afilada pieza de metal con forma de pala. Aquel arma parecía estar hecha para decapitar zombies, también servía para cavar y atrancar puertas, y compensaba con creces el entrenamiento que requería. Nilo no tardó en conseguir una en cuanto la enfermedad comenzó a extenderse, al igual que hizo con su segunda ballesta (que ahora utilizaba Dánae), regalando la antigua a Lena, cuyo físico no le permitía enzarzarse en combates cuerpo a cuerpo.
     Damián estaba ocupado con su pequeña lanza-maza, que tenía una fina punta, y otras dos más gruesas cruzadas transversalmente que le permitían asestar un golpe lateral en la sien de los no-muertos. Orión no pudo evitar fascinarse una vez más con sus tupidísimos rizos castaños antes de ir a por su fusil semiautomático M1 y sentarse a su lado, con el arma en las rodillas. Volvió a entristecerse al recordar a su padre, que le enseñó a disparar con esa misma arma cuando aún era pequeño. Tras acariciar la suave madera clara del cuerpo del arma comenzó a desmontarla, recordando las lecciones de su padre. Limpió cuidadosamente cada hueco entre piezas y engrasó las partes móviles, quitando el exceso de lubricante con la ayuda de un trapo. Antes de que pudieran terminar el trabajo, el sonido de un teléfono por satélite les sacó de la profunda concentración que algunos sólo habían experimentado limpiando los objetos que les mantenían con vida. Lykaios había visto algo.
     Todos salieron rápidamente con las armas que tenían preparadas de la mano. Paula despertó de su sopor cuando Damián le pasó por encima con su pequeña lanza en la mano, ignorando su presencia. Alarmada por su prisa, se levantó apresuradamente, y el dolor de cabeza que sintió al cambiar de postura casi la hizo caer de nuevo. Se movió a duras penas entre la semioscuridad del garaje, y la escena que vio entre las sombras del anochecer hizo que se le cayera el alma al suelo. No pudo evitar gritar cuando su mirada se cruzó con la de Lorena, la amiga que creyó no volver a ver.
    Estaba entre sus nuevos "compañeros", que se apiñaban a su alrededor. Desde el otro lado de la verja pedía auxilio, agarrándola con ambas manos. Las tenía empapadas de sangre, y a una de ellas le faltaban la mitad del corazón y el anular. El índice estaba colgando del hueso roto, como la declaración de que hace poco aquello era una mano sana. Nilo pensó que habría tratado de alejar a un zombie de un empujón, y el no-muerto había conseguido morderla. No le gustaban este tipo de situaciones: siempre era deprimente tener que hacer ver a alguien que ya estaba muerto. Sobretodo si sabes que tú podrías ser quien está suplicando tras la verja.


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